"Cuando
la campana de cristal empezó a asfixiarnos"
Treinta
años despues de la primera ruptura de la Asociacion Psicoanalitica
Argentina.
Hace
treinta años, dieciocho profesionales intentamos cambiar el curso
histórico del psicoanálisis en la Argentina. Impulsado por los ecos del
Mayo Francés, arrastrado por la onda expansiva del Cordobazo,
conmocionado por el auge de masas de los 60, el grupo Plataforma se
propuso compartir barricadas con otros trabajadores de la cultura que se
proponían derribar el mito de la neutralidad valorativa del científico;
emprendimos el camino en pos de un psicoanálisis que abjurara de la
adaptación irreflexiva del individuo a la sociedad y se mantuviera lo
más lejos posible de cualquier estrategia de control social.
A
finales de la década del 60 el contorno del psicoanálisis se
correspondía con el de la Asociación Psicoanalítica Argentina que, con
una estructura vertical y monopólica, administraba con mano férrea el
ejercicio de su práctica, la formación de profesionales, la difusión de
esta disciplina prestigiada y en creciente expansión. No existían
alternativas institucionales para una formación psicoanalítica seria y
rigurosa. Pertenecer a ella era muy difícil pero, si se lograba entrar,
atravesar los rituales de una iniciación llena de obstáculos y
dificultades, todo el confort de la campana de cristal se ponía al
servicio de garantizar un estudio responsable, una seguridad económica y
un porvenir acomodado. Pues bien, ese confort, el de la campana de
cristal, es el que, a muchos de nosotros, comenzó a asfixiarnos. El
descontento dentro de la institución y la insatisfacción con nuestra
práctica, pretendidamente apolítica y por fuera de otros intereses
sociales, ofició de factor aglutinante. Integrábamos Plataforma cuatro
miembros de APA en función didáctica: Gilberte Royer de García Reinoso,
Diego García Reinoso, Marie Langer y Emilio Rodrigué; Eduardo Pavlovsky,
miembro titular; Armando Bauleo, Hernán Kesselman, José Rafael Paz,
miembros adherentes; Lea Nuss de Bigliani, egresada de seminarios; y los
candidatos Fany Baremblitt de Salzberg, Gregorio Baremblitt, Guillermo
Bigliani, Manuel Braslavsky, Luis María Esmerado, Andrés Gallegos,
Miguel Matrajt, Guido Narváez y Juan Carlos Volnovich. Con nosotros
estaban también, aunque por no ser miembros de APA no habían renunciado,
claro, Eduardo Menéndez, León Rozitchner y Raúl
Sciarreta.
De nuestro grupo original hoy faltan: Marie Langer, Diego García Reinoso,
Fany Baremblitt de Salzberg y Manuel Braslavsky. También falta Raúl
Sciarreta, que renunció a pertenecer a Plataforma aun antes de su
disolución, y José Bleger, que integró Plataforma mientras permanecimos
dentro de la APA, pero no renunció con nosotros. No mucho después y ya
fuera de la APA se incorporaron a Plataforma otros compañeros,
psicoanalistas de APA que renunciaban individualmente, psicólogos que
compartían nuestras luchas, colegas de Rosario, Córdoba y Tucumán;
fueron, también, Rosa Mitnik y Alberto Pargeament, que
"desaparecieron" víctimas de la represión. De nuestro grupo
original, sólo tres compañeros permanecieron en el país manteniendo
viva la llama durante los años de plomo: Guido Narváez, José Rafael Paz
y Manuel Braslavsky, que falleció antes del advenimiento de la
democracia. El exilio fue el común destino para los demás. Gilberte
Royer de García Reinoso, Diego García Reinoso, Marie Langer y Miguel
Matrajt en México. Hernán Kesselman y Eduardo Pavlovsky en Madrid.
Armando Bauleo en Venecia. Lea Nuss de Bigliani y Guillermo Bigliani en
San Pablo. Gregorio Baremblitt en Río de Janeiro. Emilio Rodrigué en
Bahía. Fany Baremblitt de Salzberg, Luis Maria Esmerado y Andrés
Gallegos en Barcelona. El que suscribe, Juan Carlos Volnovich, en La
Habana. Cada cual a su manera llevó adelante un proyecto en el que el
desvelo por el psicoanálisis y lo social jamás estuvo ausente.
¿Desde
cuándo Plataforma? Desde que en el Congreso Internacional de
Psicoanálisis de Roma, en 1969, otro discurso empezó a escucharse.
Armando Bauleo y Hernán Kesselman propusieron una asamblea en la que se
escucharon palabras como "revolución",
"internacionalismo" y el proyecto de un congreso de
psicoanálisis en La Habana. Eduardo Pavlovsky usó su autorizada voz de
miembro titular para leer en sesión plenaria el trabajo escrito por
Gregorio Baremblitt (voz no autorizada por ser sólo candidato) que
criticaba la ponencia oficial de la institución al
próximo
Congreso Internacional de Viena. Poco después, ante una huelga general
algunos osamos distribuir en la APA volantes de la Federación Argentina
de Psiquiatras (gremio al que pertenecíamos) fijando nuestra posición
frente al paro. El "adentro" de la Asociación y el
"afuera" de la historia empezaba a tironearnos y, en algunos
casos, a desgarrarnos.
¿Para
qué Plataforma? Para rescatar el psicoanálisis de la estrechez teórica
en la que estaba sumido. Para ayudarlo a recuperar el camino que conduce a
la subversión del sujeto. Para apartarlo del establishment que lo
incorporaba como opción novedosa. Para salvarlo de la certidumbre
tecnocrática. Para acabar con el cientificismo. Pero, también, para
poder salir, nosotros, psicoanalistas, del consultorio privado y romper
con la condena de atender, sólo, cuatro veces por semana durante
cincuenta minutos e interminables años, a pacientes de clase media bajo
la amenaza omnipresente de no estar haciendo psicoanálisis si en algo se
transgredía esa norma. Para poder ir a los hospitales, a la universidad,
a otras clases sociales sin, por eso, quedar excomulgados. Para poder
pensar un
psicoanálisis
fresco, sin ataduras que lo deformen, un psicoanálisis libre de
compromisos y alianzas con el sistema. Para hacer una revolución
psicoanalítica que ayudara a hacer una revolución social. Hoy en día
todo esto suena tan ilusorio, tan ingenuo y confuso como todos los 60 y
los 70 juntos. El proyecto de Plataforma se convierte, así, en blanco
paradigmático para la crítica que, desde la posmodernidad, se ensaña
con las utopías; crítica a la omnipotencia descomunal que Plataforma
albergaba y al mesianismo que, de hecho, destilaba. Pero lo cierto es que,
desde Plataforma, el psicoanálisis argentino no volvió a ser el mismo y
la APA, pese a les modificaciones democráticas que las circunstancias
económicas y políticas le impusieron, tampoco volvió a recuperar le
hegemonía de entonces. Plataforma duró hasta que descubrimos que
volvíamos a cometer los errores que criticábamos; cuando el vicio de un
profesionalismo de nuevo cuño empezó a rondarnos. Entonces, al año de
haber renunciado a la APA decidimos ratificar aquella ruptura (que fue
también un acto político) con la autodisolución del grupo que era,
ahora, un gesto ético. A partir de entonces cada cual tomó el camino que
consideró más adecuado. Para muchos, al principio fue el gremio, la
Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental y el Centro de Docencia e
Investigación. También la cátedra de Psicología Médica de la Facultad
de Medicina nos convocó por un tiempo; hasta que la intensidad de la
represión interrumpió todos estos proyectos y nos condenó a casi todos
al exilio.
¿Dónde,
después, Plataforma?: fuera de la institución oficial. En el
psicoanálisis "donde los psicoanalistas sean, entendiendo el ser
como una definición clara que no pase por el campo de una ciencia aislada
y aislante, sino por el de una ciencia comprometida con las múltiples
realidades que pretende estudiar y transformar". En los trabajadores
de salud mental que desde hace más de treinta años reflexionan sobre su
quehacer, luchando contra las trampas impuestas por el individualismo
burgués; en la multitud de jóvenes psicólogos que, desde la trinchera
de las instituciones asistenciales, desde las cátedras universitarias, en
los equipos de salud mental de los organismos de derechos humanos, se
cuestionen sobra la eficacia, la pertinencia y el sentido de sus
prácticas aunque jamás hayan oído hablar de Plataforma. En la
conciencia desgarrada; en el autocrítico desdoblamiento cotidiano. Allí,
en ese amplio movimiento que Plataforma no lideró, pero que sí hizo
posible. La historia oficial del psicoanálisis miente e intenta encerrar
a Plataforma en un museo. Nuestros enemigos saben que la memoria es clave
para recuperar la identidad. Por eso se nos vacía el recuerdo y nos
ofrecen una versión desfigurada. Cuando no es omitida, cuando no es
borrada y "desaparecida", Plataforma se presenta como una momia:
nombres, fechas, datos desprendidos del tiempo, irremediablemente
divorciados de nuestra realidad actual. Nadie es, sospecho, demasiado
ajeno a la sociedad que lo genera. Los prejuicios que caracterizan a los
sectores dominantes, interesados en justificar y perpetuar la desigualdad
y la injusticia, se reflejan también en nosotros, incluso en aquellos que
decimos o queremos ser de izquierda o que, al menos, nos negamos a ser
cómplices de esta organización injusta y desigual. Quizás en el pasado,
nuestra salud consistió en saber que estábamos enfermos, no mucho menos
enfermos que el sistema que nos hizo y que quisimos ayudar a deshacer.
Quizás nuestro futuro se apoye, entonces, en la decisión de reparar una
malla social agujereada y en aceptar el desafío de la inagotable aventura
por el inconsciente, y el gusto por la esperanza. Allí, donde, a pesar de
una ausencia que ya lleva treinta años, Plataforma sigue estando.
Juan
Carlos Volnovich
[publicado
en el diario Página/12, abril del 2000]