Si
escriben no es porque tengan algo para comunicar al mundo
sino
únicamente porque son escritores.
Los
surrealistas
En
un viejo film de Charles Chaplin, "La opinión pública", hay un
episodio pintoresco, aunque muy poco apetitoso. El protagonista llega a un
restaurante y pide un plato de caza. Pero no es un cliente común, sino un
gastrónomo refinado que no admite la carne si no está bien manida. Se
dirige a la cocina para verificar si el faisán despide olor bastante
fuerte. Para esa clase de entendidos cuelgan del cuello a los faisanes.
Cuando el cuello entra en descomposición y el ave cae, entonces pueden
ponerla en el horno. El cocinero y los pinches no pueden menos que taparse
las narices: hasta el mismo deber profesional no puede vencer su repulsión.
Pero el gastrónomo es feliz; aspira glotonamente el olor de la carne en
descomposición, como si fuese el perfume de un ramo de lirios del valle.
No
sé a quién conviene mejor la comparación con los surrealistas: si al
faisán podrido colgado por el cuello o al cocinero habilidoso. No sé si
son enfermos o simplemente gentes que remedan la locura. Hay un hacho
innegable; que los aficionados abundan y que son gente de medios: un
ejemplar de los poemas de René Crevel, sur
Japon impérial, vale 300 francos, y un volumen de las obras de otro
poeta, Benjamín Péret, 500 francos.
La
revista de los surrealistas tiene una tapa fosforescente, que brilla en la
oscuridad. Resulta en verdad difícil explicar por qué una revista tiene
que necesariamente ser hojeada en las tinieblas; pero tampoco es fácil
probar que un faisán podrido es mejor que uno fresco; es una cuestión de
gusto y también de psiquiatría.
Hay
unos jóvenes que se llaman a sí mismos surrealistas, es decir, que son
adoradores de un mundo "sobre-real". Es perfectamente posible
que en ese mundo las costumbres sean particulares. Vaya uno a saberlo. A
lo mejor para estar en armonía con el faisán podrido, el alma pide una
portada fosforescente.
La
revista que trae esta sorprendente portada se llama "El Surrealismo
al Servicio de la Revolución". Los snobs parisienses gustan no sólo
de los cocktails y de las perversiones sexuales sino también de la
"Revolución". Animados de un gran celo, los surrealistas citan
a Hegel, a Marx y a Lenin. Persuaden a sus lectores lelos que sirven a la
"Revolución".
Además,
parece que sólo ellos la sirven. Esos jóvenes fosforescentes, ocupados
únicamente en la teoría del onanismo y de la filosofía del
exhibicionismo, hacen el papel de celadores de la intransigencia
revolucionaria y de la honradez proletaria.
André
Gide tomó parte en un mitin comunista, y al punto todos aquellos que
estaban servilmente atentos a sus menores palabras se dieron a la tarea de
perseguir al valiente escritor. Los surrealistas están también
exasperados por la conducta de André Gide: ¡no es suficientemente
revolucionario para ellos! El poeta Péret, el mismo cuyos libros
"sur Japon impérial" valen 500 francos, dedicó una poesía a
André Gide: en ese mismo estilo escriben habitualmente los adolescentes
en las paredes de los mingitorios parisienses. Citaré solamente los
versos más decentes de esta obra pura:
Monsieur
le camarade Gide
Se
dit qu'il est temps d'exhiber son ventre comme un drapeau rouge,
Oui,
Monsieur le camarade Gide
La
faucille el le marteau vous l'aurez
La
faucille dans le ventre
Et le marteau
vous le mangerez[1]
A
ellos les gusta mucho Hegel, y Marx y la Revolución, pero a lo que se
niegan es a trabajar. Esos jóvenes tienen sus ocupaciones. Estudian, por
ejemplo, la pederastia y los sueños. Exclaman indignados: "¿Cómo
puede conmoverlo a uno la fabricación de cacerolas?" Ellos, como es
natural, no fabrican nada: se esmeran en comer cual una herencia, cual la
dote de su mujer. Son parroquianos de los bares americanos, y fanáticos
de la desocupación. Le disgusta la Unión Soviética porque allí la
gente trabaja. (A eso le llaman "el viento de cretinización que
sopla en la U.R.S.S."). El mismo aborto a quien le indigna ese
"viento" estalló todavía mucho más violentamente en ocasión
de representarse El camino hacia la
vida, ante el espectáculo de esos jóvenes cretinos para quienes el
trabajo es el único fin, el único medio de vivir, que ponen su vanidad
en el uniforme de guardatrén, que no entran en un burdel -en donde por lo
menos hay canciones y cuerpos que se entregan- sino para palmear a las
mujeres y para desgarrar con rabia un corazón de papel en el que brillan
estas palabras -estas palabras que de buena gana adoptaría como programa:
"Aquí se bebe, se canta y se besa a las mozas..."
De
modo, pues, que su programa es claro: después de una cita de Marx, la
enseña de una casa de tolerancia. Desprecian la fabricación de cacerolas
u otros objetos de cocina. No interesa en qué utensillo guisará el
cocinero los faisanes podridos. Sólo quieren beber, cantar y andar con
mujerzuelas. Es un programa difundido y bastante fácil y no supone ningún
surrealismo. Es la distracción habitual de miles de jóvenes
pertenecientes a cierta clase. Pero los jóvenes fosforescentes son
ambiciosos: siempre aspiran al escándalo, uno de esos escándalos que
obligaría a la gente a hablar de ellos en todas las esquinas. Son genios
desconocidos y ultrarrevolucionarios sobre quienes pesa la Fatalidad. ¿Qué
tienen que hacer? Pueden, es claro, ir a un mitin de huelguistas. Pero la
policía carga contra los huelguistas y los agentes usan garrotes. Puede
tocarle a uno un estacazo, y, además, eso carece de brillo: ¿quién va a
hablar de unos huelguistas desconocidos?... Esos señores entienden la
Revolución a su manera: ¡La Revolución es una propaganda! Comenzaron
por palabras obscenas, llenando cuidadosamente sus obras con los nombres
de ciertas partes del cuerpo humano. Pero la policía es extremadamente
liberal con respecto a la obscenidad. A nadie se le va a ocurrir confiscar
la pornografía fosforescente. De la terminología se pasa a la filosofía.
Los menos astutos confiesan que su programa es acostarse con mujeres. Los
que captan la cosa comprenden que por ahí no se va muy lejos. Para ellos,
las mujeres son una cuestión de conformismo. Colocan en primer término
otro programa: el onanismo, la pederastia, el fetichismo, el
exhibicionismo y hasta la sodomía. Pero en París es muy difícil que aun
eso asombre a nadie. El realismo conviértese entonces en surrealismo.
Freud el incomprendido llega en su auxilio, y las perversiones ordinarias
se cubren con el velo de la incomprensión. ¡A mayor torpeza, mayor mérito!
Indudablemente, hay entre los surrealistas verdaderos alienados cuyo sitio
estaría en las clínicas apropiadas. Pero la mayoría simula esta insanía
que, en el año 1933, es el único signo del genio. He aquí el uniforme
que halaga su amor propio: no es el de un guardatrén, sino ¡la camisa de
fuerza!
Uno
de esos joviales compañeros comenta el "Vidrio" surrealista, es
decir, un objeto pintado sobre un cristal transparente. Lo comenta pro
medio de fórmulas matemáticas. Luego, con toda la profundidad posible
del espíritu, observa: "estarían como envueltos a lo largo de sus
pesares por un espejo que le hubiese devuelto su propia complejidad, hasta
el punto de alucinarlos de una manera bastante onanista".
Otro
hace sadismo. Titula a su libro "Actualidad de Sade". Afirma que
todos los hombres son sádicos: "Una revisión de nuestros
conocimientos, libremente llevada, ¿no daría acaso una minoría de
individuos extentos de lo que la ciencia oficial considera como una
enfermedad? Tal vez a esos exceptuados se los tomaría mañana por
verdaderos enfermos".
Un
tercero dibuja una colección completa de objetos incomprensibles que se
parecen sobre todo a cargarrutas de carnero, y pone al pie del dibujo esta
leyenda: "Aspecto de los nuevos objetos psicoatmosféricoanamórficos".
Hay
un cuarto que explica en un largo artículo por qué compra colores:
"Yo quería pintar... Mis amigos notaron que, más que pintar, jugaba
con los colores. Apretando ligeramente los pomos, hacía salir ligeramente
pequeñas cantidades de color que las extendía en un papel limpio...
Finalmente, ese juego se transformó en verdadera pasión. Todas las
noches, antes de acostarme, tomaba mis colores y los olía: A un amigo le
confesaba que me daban ganas de comérmelos. De manera más particular me
excitaban el amarillo de cadmio muy pálido, el azul de cobalto, el
cinabrio rojo..." Al leer libros surrealistas, el aficionado
comprendió el sentido profundo de sus diversiones: "Recuerdo lo
orgullosos que me sentía de dos tubos enormes que compré más tarde.
Creo que el hecho de haber mostrado esos dos tubos a todo el mundo, y en
cuanto se presentaba la ocasión, constituye un exhibicionismo simbólico,
tanto más comprensible y adjudicable a mí, que varias veces me libré a
este acto, aún en las calles de París".
Esos
faisanes están verdaderamente pasados. Basta dedicarles algunos momentos
para comprender cuáles pueden ser en nuestro tiempo -que, hablando en
propiedad, no es un tiempo muy tranquilo- las distracciones de los jóvenes
poetas franceses. Por lo demás, entre ellos encontramos nombres de poetas
que hasta hace algunos años escribían verdaderos versos: André Breton y
Paul Eluard. Juzgaban indigno de la categoría de poeta eso de conmoverse
por el trabajo de hojalata. No pueden comprender que para los poetas soviéticos
esas cacerolas no son más que una imagen material de aquel enorme
esfuerzo del país, al cual, como a toda gran pasión, el corazón del
poeta no permanece indiferente.
Desprecian
la prosa grosera. Tienen mucho tiempo. Tienen muchos cocktails. Tienen
mucho papel Japón. Quieren hacer algo serio y se entregan a encuestas
sobre el "conocimiento irracional del objeto".
Encuesta
N°1.- Tema: Bola de cristal de las adivinas. Preguntas: ¿Favorece la
bola al amor? ¿A qué sistema filosófico pertenece? ¿De que sexo es? ¿En
qué lugar del cuerpo de la mujer la pondría usted? ¿Y si la mujer está
muerta? ¿A qué delito corresponde?
Breton
afirma que la bola es de sexo femenino, y Eluard insiste para que lo sea
del masculino. Es favorable al amor. A propósito de los filósofos hay
cacofonía; cada cual quiere encontrar algo que sea ingenioso... Hegel,
Nostradamus, Kant, Heráclito. A la bola la colocan preferentemente en el
sexo de las mujeres estén vivas o muertas. La bola corresponde a muchos
delitos, desde la cleptomanía hasta el vampirismo.
Después
de la bola de cristal, los poetas pasan a un trozo de terciopelo rosado.
Preguntas: ¿Qué idioma habla? ¿Cuál puede ser su profesión? ¿A qué
perversión sexual corresponde?
Luego
de reflexionar, los poetas llegan a la conclusión de que el terciopelo es
políglota; algunos se inclinan por el irlandés, otros por el búlgaro.
La profesión del terciopelo provoca discusiones: se entrega a la
prostitución o a la fabricación de perfumes, o si no es rufián, mártir,
secretario, etc... En cuanto a la enumeración de las perversiones, la
lista es completa: en este sentido los surrealistas son maestros.
Prosiguen
los ejercicios científicos. Con mucha dignidad se preguntan los poetas:
"¿En qué lugar del cuadro se masturba uno?" Pasan de la
geografía a la historia. Sacan cifras al azar y forman la fecha 409. Y
entonces se ponen a deliberar sobre aquel año 409 de nuestra era. Por
ejemplo: ¿cuántos habitantes tenía París? Uno responde: 1857. Otro
contesta: "Tres, ni uno más, ni uno menos". Luego, volviendo a
su problema favorito, preguntan: "¿En qué forma se abordaba a las
mujeres en el año 409?" Los pareceres son diferentes. Un surrealista
desprovisto de imaginación responde: "Abriendo el paraguas se decía:
Señora, va a llover". Un surrealista lleno de heroísmo ve la vida
antigua desde otro ángulo: "Se le hacía una zancadilla y se le
ayudaba en seguida a levantarse".
Con
relación a tales ejercicios los surrealistas se creen en el deber de
explicar: "Se realizan esas encuestas con el máximo rigor y sin la
idea preconcebida de darles la menor publicidad".
Sobre
este último punto han de permitirse ciertamente algunas dudas: esos señores
llegan hasta a tener una manera exclusiva de ellos de roncar para atraer a
toda costa la atención hacia su persona. Vaya uno a saber... A lo mejor
tienen náuseas por todos esos pomos y toas esas bolas. Pero recuerdan su
misión y quieren ser los faisanes más manidos para los conocedores más
conocedores. ¡Bah! Cada uno hace lo que puede.. París es una gran ciudad
y en ella se ven multitud de profesiones. Si se le ha llegado a encontrar
una profesión a un trocito de terciopelo, igualmente ha de encontrarse
otra para los poetas refinados.
Después
de todo eso, se atreven a llamar a su periódico "El Surrealismo al
Servicio de la Revolución". ¿Ignoraban ustedes lo que hacían
cuando hablaban de la bola de vidrio? Servían a la Revolución. Los
surrealistas comprenden que ahora es muy difícil épater
le bourgeois. No se vive de terciopelos y pomitos de colores.
Intercalan con insolencia citas de Lenin en sus ejercicios. Pero el burgués
no es tan cándido. Sabe que esos faisanes fosforescentes no son
peligrosos en absoluto. En cuanto a los obreros, no leen ni los poemas
escritos en papel Japón imperial ni las revistas con curiosas portadas. Y
si el azar pusiese en sus manos esas obras preñadas de pornografías y de
repulsión por el trabajo, sin meditarlo más, clasificaría a esos
"servidores de la Revolución" entre los pillos.
Entre
Arthur Rimbaud, que escribía versos geniales y se batía por la Comuna, y
esos degenerados capaces de entregarse a su pequeña pornografía, han
transcurrido sesenta años... ¡toda la vida de una clase, todo el destino
de una gran cultura!
Ilia
Erenburg
Julio
de 1933
[del
libro "Escritores europeos vistos por un soviético"]
[1] El señor camarada Gide/ se dice que ya es tiempo que muestre su vientre como una bandera roja/ si, señor camarada Gide/ tendrá la hoz y el martillo/ la hoz en el vientre/ y el martillo se lo comerá usted.