ONIROKITSCH,1925.
[glosa
sobre el surrealismo]*
Walter
Benjamin
Ya no se sueña con la flor azul.
Quien hoy despierte como Enrique de Ofterdingen debe haberse quedado
dormido. La historia del sueño aún está por escribirse, y abrir una
perspectiva en ella significaría asestar un golpe decisivo a la
superstición de su encadenamiento a la naturaleza mediante la iluminación
histórica. El soñar participa de la historia. La estadística de los sueños
penetrará, más allá de la amenidad del paisaje anecdótico, en la
aridez de un campo de batalla. Los sueños han ordenado guerra y la
guerra ha dispuesto, desde tiempos primitivos, lo justo y lo injusto, e
incluso las fronteras mismas del sueño.
El
sueño ya no abre una azul lejanía. Se ha vuelto gris. La gris capa de
polvo sobre las cosas es su mejor componente. Los sueños son ahora un
camino directo a la banalidad. De una vez para siempre, la técnica revoca
la imagen externa de las cosas, como billetes de banco que han perdido
vigencia. Ahora la mano se aferra a esta imagen una vez más en el sueño
y acaricia sus contornos familiares a modo de despedida. Toma los objetos
por el lugar más común. Que no es siempre el más adecuado: los niños
no estrechan un vaso, meten la mano adentro. ¿Y qué lado ofrece la cosa
al sueño? ¿Cuál es el lugar más común? Es el lado desteñido por el hábito
y adornado baratamente de frases hechas. El lado que la cosa ofrece al sueño
es el kitsch.
Con
estrépito caen al suelo las imágenes fantásticas de las cosas como páginas
de un libro de estampas leporello[1]
titulado
"El sueño". Al pie de cada página se encuentran las
sentencias:
"Ma
plus belle maîtresse c'est la paresse", "Une médaille vernie
pour le plus grand ennui", "Dans le corridor il y a quelqu'un
qui me veut à la mort".[2]
Los surrealistas han escrito estos versos y sus artistas amigos han
ilustrado el libro de estampas. Répétitions ha llamado Paul Éluard a uno sobre cuya portada Max Ernst
ha dibujado cuatro niños. Éstos dan la espalda al lector, al profesor y
a la cátedra, y miran sobre una balaustrada hacia afuera, donde en el
aire hay un globo. Con su punta se mece sobre la baranda un lápiz
gigantesco. La repetición de la experiencia infantil da que pensar:
cuando éramos chicos, no existía la angustiante protesta contra el mundo
de nuestros padres. Cuando niños en eso nos mostrábamos superiores.
Con lo banal, al abrazarlo, abrazábamos lo bueno, que se halla, mira, tan
cerca.[3]
Pues
la sentimentalidad que nuestros padres a veces destilan es precisamente
buena para forjar la imagen más objetiva de nuestra manera de sentir. Lo
difuso de sus palabras se contrae para nosotros de manera amarga como la
hiel en una crispada figura enigmática; el ornamento de la conversación
llega a estar lleno de íntimos entrelazamientos. Allí hay empatía de
las almas, amor, kitsch. "El surrealismo se ha dedicado a restablecer
el diálogo en su verdad esencial. Los interlocutores son liberados de
la obligación de la cortesía. Quien habla no va a deducir una tesis.
En cuanto a la respuesta, ella no repara por principio en el amor propio
del que ha hablado. Las palabras y las imágenes no sirven al espíritu
del que escucha más que como un trampolín." Bella noción del
manifiesto surrealista de Breton. Plasma la fórmula del malentendido dialógico,
es decir de lo que está vivo en el diálogo. Pues
"malentendido" se llama el ritmo con el cual la única verdadera
realidad se abre paso en la conversación. Cuanto más verdaderamente sabe
hablar un hombre, tanto más felizmente se lo malentiende.
En
Vague de rêves
cuenta Louis Aragon cómo se
propagó en París la manía de soñar. Los jóvenes creían haber
descubierto el secreto de la poesía, cuando en realidad no hacían otra
cosa que abolirla, a la par que las fuerzas más intensas de la época.
Saint-Pol Roux colocaba antes de irse a dormir por la mañana temprano un
cartel en su puerta: "Le poéte travaille".[4]
Todo esto para penetrar en el corazón de las cosas obsoletas. Un oculto
Guillermo Tell surgiendo de las entrañas del bosque para poder descifrar
los contornos de la banalidad como una imagen anamórfica, o para
responder a la pregunta: "¿Dónde está la doncella?". La
anamorfosis como esquematismo del trabajo onírico fue descubierta hace
tiempo por el psicoanálisis. Los surrealistas con seguridad están menos
sobre la huella del alma que sobre la de las cosas. En el matorral de la
prehistoria buscan el árbol totémico de los objetos. La suprema mueca de
este árbol totémico, la última de todas, es el kitsch. Éste es la última
máscara de banalidad con que nos recubrimos en el sueño y en la
conversación para absorber la energía del extinguido mundo de las cosas.
Lo
que llamábamos arte sólo comienza a dos metros del cuerpo. Pero ahora,
en el kitsch, el mundo de las cosas vuelve a acercarse al hombre; se deja
agarrar en un puño y conforma al fin en su interior su propia figura. El
hombre nuevo tiene en sí la completa quintaesencia de las viejas formas,
y lo que se con-figura en la confrontación con el ambiente de la segunda
mitad del siglo XIX, este artista tanto de los sueños como de la palabra
y la imagen, es un ser que podría llamarse "hombre amoblado".
*traducción
Ricardo Ibarlucía
[publicado
en “Walter Benjamin y el surrealismo”]
[1] Leporello: la disposición en forma de acordeón de un libro de estampas.
[2] “Mi amante de gran belleza es la pereza”. “Una medalla de porcelana para la mayor desgana”. “Alguien en el corredor me desea la muerte con rencor”.
[3] Variante del proverbio: Warum in die ferne schwifen, sieh, das Gutte liegts so nah? [¿Para qué perdernos en la lejanía, cuando lo bueno. mira, está tan cerca?].
[4] “El poeta trabaja”.