Prólogo al libro “la clínica del psicoanálisis I: ética y técnica”.

 

Este libro reúne las desgrabaciones corregidas de algunas clases que dicté para los alumnos de la Cátedra 1 de Clínica de Adultos, en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. En esencia trata sobre las condiciones exigibles para la existencia de una clínica psicoanalítica, en un intento -casi desesperado en la Universidad- de evitar su disolución en clasificaciones de tipos clínicos o síndromes y en recomendaciones técnicas sobre cómo curarlos.

 

En ellas me atuve a dos principios que considero fundamentales. El primero es el de la dependencia estricta de la clínica psicoanalítica de una ética: no hay tal clínica sin el acto del analista que la sostenga. Ningún recurso epistémico puede mantener la clínica psicoanalítica -sin degradarla- fuera de las condiciones en

que un psicoanálisis digno de ese nombre sitúa implacablemente al sujeto en la única posición desde la cual esa clínica es elaborable.

 

El segundo es que no se puede siquiera plantear la clínica psicoanalítica si no se parte de una distinción entre clínica y terapéutica. Este volumen está dedicado a la clínica de las neurosis.

 

Quiero en este prólogo comentar muy sucintamente lo que a mi juicio el psicoanálisis puede decir en nuestros días en relación al segundo de esos dos polos: las posibilidades terapéuticas de las neurosis.

 

Para hacerlo voy a definir a la neurosis como una modalidad específica de la existencia del sujeto en la era en que la ciencia y la economía de mercado determinan profundamente a la sociedad en occidente. El neurótico es precisamente el sujeto capaz –merced a los compromisos que tan bien describió Freud- de adaptarse muy bien a la condición que le impone esa sociedad. Su fantasma, que es el marco de su realidad, lo adapta casi automáticamente a las reglas del mercado según las cuales todo es intercambiable, incluso los deseos más íntimos, más personales, más fuertes. En esta sociedad es sabido -diría él- que cualquiera puede ser comprado:

algún precio debe tener la renuncia de su deseo.

 

El neurótico está especialmente preparado por su estructura para adaptarse a esa sociedad: la neurosis se caracteriza porque en ella todos los objetos son sustitutos, como explicó Freud tantas veces. Esa veta es precisamente la que determina el éxito de la publicidad, que muestra al sujeto una mujer bellísima, pero para venderle otra cosa. Acceder a esa mujer le es imposible, no importa, se conformará con el café preparado con la cafetera que metonímicamente la sustituye, ya que la pulsión igual se satisface. Si eso le da un poco de acidez, no importa, la industria farmacológica le da la solución. Así el neurótico es feliz.

 

Pero bueno, sólo a medias: porque ésa es sólo una mitad del sujeto. Hay otra mitad que, de vez en cuando, se rebela, se desadapta. Surge entonces un síntoma que toma la forma de una queja, incluso de una pregunta angustiada sobre su posición como deseante, como ser sexuado en esta sociedad que lo casa con bienes que, en el mejor de los casos, no hacen más que postergar su decepción. ¿Por qué él debería conformarse con sustitutos?. Basta a veces con que una vez en la vida el sujeto advierta la finitud de su cuerpo y de su vida para que deje de conformarse con sustitutos, para que el deseo le exija con cierta vehemencia otra ética, otra manera de actuar.

 

No es lo más frecuente, de todos modos, que el neurótico se decida a hacer valer su deseo fuera de los compromisos habituales. El hábito es su debilidad. En general en nuestra sociedad se llama normalidad a la coexistencia de esas dos mitades del sujeto, cuando a la interrogación del deseo responde el confort del fantasma. Cuanto mejor constituido esté el fantasma, tanto más normal será el sujeto-desde los parámetros de los sistemas de salud del Estado o (le la medicina prepaga-. Puede ayudar una familia bien constituida, una pareja bien constituida, un poco de observancia religiosa

-no demasiada porque todos los excesos son malos-, estar en regla con la medicina -pagando todos los meses la cuota que previene cualquier peligro-, hacer gimnasia con aparatos, etc. Por esa vía el

síntoma llega a hacerse egosintónico. Un analista de la I.P.A., ¿por qué no?, podría colaborar.

 

De todas maneras hay situaciones que destruyen esa armonía. Entonces las dos mitades del sujeto dejan de llevarse bien. Los síntomas se ponen ruidosos, el sujeto los reconoce como insoportables, pide ayuda.

 

Para ese llamado del deseo la sociedad, a través de sus instituciones, tiene de todos modos una respuesta: la terapia. Que puede ser de distintos tipos: gestáltica, sistémica, cognitiva, corporal, farmacológica, incluso de corte psicoanalítico. Desde un punto de vista ético, todas ellas tienen algo en común: apuntan a restablecer un estado anterior, el estado de felicidad neurótica. Todas ellas buscan volver consistente la respuesta del fantasma. Obedecen así al amo que en esta época tomó la forma del capitalista, un amo que exige eficiencia en el trabajo y solvencia para el consumo.

 

El éxito del discurso psicoanalítico en la Argentina, incluso su ingreso en algunas instituciones asistenciales –primero de manera solapada, luego cada vez más abiertamente, depende sin duda de diversas circunstancias históricas, pero sobre todo de la distracción del amo -en esos 40 años en que las reglas del mercado no funcionaron en todo su rigor y su eficiencia-. Porque el psicoanálisis, al revés de las terapias que responden al discurso amo, va en contra del fantasma. El psicoanálisis está a favor del deseo pero en contra del fantasma, y por eso acentúa la división del sujeto. Sólo por distracción el amo podía alojarlo en las instituciones en las que se trata por todos los medios de preservar el fantasma social.

 

Analizarse significa salir del encierro del fantasma, ser herético, elegir el síntoma, seguir su camino que conduce a esa extraña puerta que es la de la angustia, única salida que lleva alguna vez al acto a un sujeto tan incapaz de sublimación como es el neurótico –al  acto que realiza el deseo, en el sentido que explicó Lacan en las últimas clases del seminario La ética del psicoanálisis-.

 

Debo dejar de lado aquí el efecto terapéutico inmediato que habitualmente tiene el encuentro con el analista, que es consecuencia del establecimiento de la transferencia, porque es de índole sugestiva y no propiamente analítica. Y por eso es problemático decir que el psicoanálisis es terapéutico: no apunta a reconstituir ningún estado anterior del sujeto, 'sino a crear otro nuevo. No devuelve al sujeto a los patrones de la normalidad adaptada, sino que produce una apertura inusitada del deseo hasta volverlo capaz de la acción en la que se realiza -lo que desde el punto de vista del neurótico puede parecer inicialmente una locura-. Para el discurso analítico el verdadero éxito no es la curación, no al menos en el sentido de la rápida reacomodación del fantasma. Lo que el psicoanálisis opone a la neurosis y a la pasividad del fantasma es la aptitud para el acto, que suele alcanzarse al término de un camino que para el amo es escandalosamente largo e ineficiente, y sobre todo muy malo para las estadísticas.

 

Es por esto que las promesas del ingreso de la Argentina al primer mundo son promesas de que el amo dejará de estar distraído, de que exigirá eficiencia como nunca lo hizo en las últimas décadas. Si el modelo del actual gobierno tiene éxito, se abrirá un interrogante muy serio sobre el futuro de esa prosperidad que ha caracterizado en las últimas décadas al psicoanálisis en las instituciones asistenciales.

 

Para la ética que nos interesa, en cambio, el psicoanálisis es de una eficacia absoluta, porque desde el primer instante en que hay analista se abre para el sujeto la dimensión oculta del deseo, que es la esencia del hombre. Digo "hay analista" para ese sujeto, como una producción particular del inconsciente -el objeto a- que alguien vino a encarnar, y que por esa acción merece el nombre de analista.

 

El analista abre la dimensión de esa eficacia mucho antes de ser terapéutico, ya en el momento clínico en que -reiterando el gesto' freudiano de abandonar la sugestión- se abstiene de curar lo que desconoce, para subordinar su intervención a las posiciones propiamente subjetivas del paciente.

 

Gabriel Lombardi

[la clínica del psicoanálisis I: Ética y Técnica. Ed. Atuel, Bs. As., 1997]