Max Ernst  

   El invento de la fotografía ha asestado un golpe mortal a los antiguos modos de expresión, tanto en pintura como en poesía, donde la escritura automática aparecida a finales del XIX es una auténtica fotografía del pensamiento. Al aparecer un instrumento ciego que permitía llegar certeramente al fin que hasta entonces se habían propuesto los artistas, éstos pretendieron, no sin ligereza, romper con la imitación de las apariencias. Desgraciadamente, el esfuerzo humano, que tiende a modificar constantemente la disposición de elementos existentes, no puede dedicarse a producir un solo elemento nuevo. Un paisaje en el que no haya nada terrestre no está al alcance de nuestra imaginación. Y si lo estuviera, al denegarle a priori todo valor afectivo, nos negaríamos a evocarlo. Resulta igualmente estéril insistir sobre la imagen ya hecha de un objeto (cliché de catálogo) y el sentido de una palabra como si fuera asunto nuestro rejuvenecerlo. Debemos resignarnos a esas acepciones, sin perjuicio de distribuírlas luego, de agruparlas según la disposición que nos apetezca. El desconocimiento, dentro de sus límites, de esta libertad esencial fue el motivo de que fracasaran el simbolismo y el cubismo.

   La creencia en un espacio y un tiempo absolutos parece a punto de desaparecer. Dada no pretende ser moderno. Considera también inútil someterse a las leyes de una perspectiva dada. Su naturaleza le preserva de atarse, por poco que sea, a la materia, así como de dejarse embriagar por las palabras. Pero la facultad maravillosa, sin salir del campo de nuestra experiencia, de atrapar dos realidades distantes, y acercándolas, lograr una chispa; de poner al alcance de nuestros sentidos figuras abstractas llamadas a la misma intensidad, al mismo relieve que las demás; y, privándonos de un sistema de referencias, desorientarnos en nuestro propio recuerdo, he aquí lo que provisoriamente le contiene. ¿De aquel a que se es conferido no puede semejante facultad hacer nada mejor que un poeta, sin que éste se vea forzado a tener la inteligencia de sus visiones, obligado, de todas formas, a mantener con ellas relaciones platónicas?

   Aún nos queda por refutar varias reglas parecidas a la de las tres unidades. Se sabe hoy en día, gracias al cine, el modo de hacer llegar una locomotora en un cuadro. A medida que se generaliza el empleo de los aparatos acelerador y decelerador, que nos acostumbramos  a ver surgir robles y planear antílopes, presentimos con extrema emoción lo que pueden ser esos tiempos locales en los que se oye hablar. Pronto la expresión 'a ojos vista' nos parecerá carente de sentido, es decir, que percibiremos sin el más mínimo parpadeo el paso del nacimiento a la muerte, así como tomaremos conciencia de unas variaciones ínfimas. Como puede darse uno cuenta fácilmente aplicando este método al estudio de un combate de boxeo, el único mecanismo que esto es suceptible de paralizar en nosotros es el del sufrimiento. ¿Quién sabe si, de este modo, no nos estamos encaminando hacia nuestra liberación, algún día, del principio de identidad?

   Porque, resuelto a acabar con el misticismo-estafa del bodegón, Max Ernst proyecta ante nuestros ojos la película más cautivadora del mundo y porque no pierde la gracia al sonreír al mismo tiempo que ilumina, con una luz sin igual, nuestra vida interior hasta lo más hondo, no dudamos en ver en él al hombre de esas infinitas posibilidades.

 André Breton

[del libro Los Pasos Perdidos, 1919]