Armagedon, 2419 D.C.
de Philip Francis Nowlan
 
 
 
 
 

Otra de nuestras novelas por entregas. Consta de dos libros "Armagedon, 2419 D.C.", y "Los señores del aire de Han".

Iremos ampliando paulatinamente, hasta publicar "online" las dos novelas. Disfrutadlas. (y paciencia)
 

Curiosamente, esta portada sule llamarse la portada de Buck Rogers, aunque en realidad ilustraba la primera novela del ciclo de Skylark de E. Doc Smith, que se estrenaba  en el mismo número.

PROLOGO
 

 Ya he escrito en otro lugar mis recuerdos personales del siglo XX para cualquiera del siglo XXV que pueda interesarse por ellos.
        Pero ahora me paro a pensar que mis recuerdos del siglo XXV pueden tener igual interés dentro de 500 años, sobre todo considerando la perspectiva única con que he visto el siglo XXV, habiendo entrado en él tras atravesar un abismo de 492 años.
        Esta afirmación requiere una explicación.  Aún hay muchas personas en el mundo que no están familiarizadas con lo que sólo me ha sucedido a mí.  Debo dejar bien claro, por tanto, que yo, Anthony Rogers, soy, al menos que yo sepa, el único hombre vivo cuya duración normal de vida se ha prolongado durante un periodo de 573 años.  Para ser precisos, viví los primeros veintinueve años de mi vida entre 1898 y 1927, y el resto a partir de 2419.  El abismo que separa estas dos fechas, un periodo de unos quinientos años, los pasé en un estado de animación suspendida, libre de los estragos de los procesos catabólicos, y sin ningún efecto aparente en mis facultades físicas o mentales.
        Cuando inicié mi largo sueño, el hombre acababa de  comenzar su conquista del aire con una repentina serie de vuelos transoceánicos en aeroplanos movidos por motores de combustión interna.  Apenas empezaba a especularse con la posibilidad de controlar las fuerzas sub-atómicas, y apenas empezaba a investigarse el campo de las pulsaciones etéreas más allá de las primitivas radio y televisión del momento.  Los Estados Unidos de América constituían la nación más poderosa del mundo, y su influencia política, financiera, industrial y científica era suprema.
        Desperté para descubrir que la América que conocía era una completa ruina y que los americanos eran una raza perseguida en su propio país, escondiéndose en los densos bosques que cubrían las destrozadas y arrasadas ruinas de sus antaño magníficas ciudades, luchando desesperadamente para preservar su herencia, desarrollar en escondites secretos los restos de su ciencia y su cultura y recuperar la independencia.
        El dominio del mundo estaba en manos de mongoles, y el centro del poder mundial localizado en China, siendo la americana una de las pocas razas de la humanidad que seguía sin someterse.  Claro que, en honor a la verdad, debe decirse que a ojos de los Señores del Aire de Han, que gobernaban Norteamérica como tributarios titulares de Su Magnificencia, los americanos no se merecían ni la molestia de tener que someterles. Pues no necesitaban los bosques donde vivían los americanos, ni los recursos de los vastos territorios cubiertos por esos bosques.  Con la perfección alcanzada en la producción sintética de las necesidades y los lujos, y el desarrollo alcanzado en los procesos científicos y los logros mecánicos del trabajo, no tenían necesidad económica alguna de los bosques ni del trabajo de esclavos de una raza rebelde.
        Todo lo que necesitaban para su magnificente y lujoso esquema de civilización lo obtenían entre las murallas de las quince ciudades de centelleante cristal que se alzaban hacia los cielos allí donde antaño hubo ciudades americanas, extrayéndolo de las entrañas de la tierra debajo de ellos, y de las zonas agrícolas relativamente pequeñas que les rodeaban.
        El control absoluto del aire hacía que las comunicaciones entre esas ciudades fueran un asunto sencillo y seguro.  Pensaban que las esporádicas incursiones destructoras a los bosques eran lo único que hacía falta para que los «salvajes» americanos se mantuvieran ocupados y se alejaran del abrigo de los bosques, impidiendo así que se convirtieran en un amenaza para la civilización Han.  Pero tras casi trescientos años de seguridad difícilmente mantenida, y un último siglo estéril tanto en progresos científicos como sociales y económicos, se habían ablandado.
        Al mismo tiempo, bajo el protector follaje del bosque, se desarrollaba una nueva y vigorosa civilización americana, notable por la movilidad y flexibilidad de su organización, por su consecución de obstáculos casi insuperables, y por el desarrollo y mantenimiento de sus recursos científicos e industriales.  Todo ello con vistas al "Día de la Esperanza" que todos los americanos esperaban desde hacía generaciones, ese día en que serían lo bastante fuertes como para romper la verde crisálida de los bosques, surcar las capas superiores del aire y acabar con el mongol.
        En el momento que yo desperté, el «Día de la Esperanza» era casi inminente.  No intentaré realizar una historia detallada de la Segunda Guerra de la Independencia, pues es algo que ya han hecho mejores historiadores que yo.  En su lugar me limitaré casi principalmente al papel que tuve la fortuna de jugar en esta lucha y en los acontecimientos que llevaron a ella.
        Todo fue a consecuencia de mi interés por los gases radiactivos. A finales de 1927, mi compañía, la American Radioactive Gas Corporation, me mantenía muy ocupado investigando unos informes de fenómenos inusuales observados en ciertas minas de carbón abandonadas cerca de Wyoming Valley, en Pennsylvania.
        Acompañado por dos ayudantes y provisto de un equipo completo de instrumentos científicos, empecé a explorar una explotación abandonada de una región montañosa, donde varios ingenieros de minas habían encontrado rastros de carnotita (Un hydrovanadato de uranio y otros metales utilizado como fuente de compuestos de radio.) varias semanas antes.  Su informe no carecía de fundamento, ya que nuestros instrumentos registraron una fuerte radioactividad nada más examinar las galerías superiores de la mina.
        La mañana del 15 de Diciembre bajamos a una de las galerías más profundas.  Para nuestra sorpresa no descubrimos agua.  Obviamente debía haberse filtrado por alguna falla del terreno.También notamos que la roca de las paredes del túnel era blanda, obviamente debido a la radioactividad, y las piedras se quebraban con facilidad bajo nuestros pies. Avanzábamos cuidadosamente por el túnel, cuando cedieron repentinamente las podridas vigas del techo.
       Salté hacia adelante, escapando por los pelos a la avalancha de carbón y tierra suelta.  Mis compañeros, situados varios pasos detrás de mí, fueron enterrados bajo ella, y sin duda tuvieron una muerte instantánea.
       Estaba atrapado.  Volver era imposible.  Exploré el túnel hasta el final ayudado por mi linterna eléctrica, pero no pude encontrar otra salida.  El aire se volvía cada vez más irrespirable, probablemente debido a la rápida acumulación de gas radioactivo.  Al poco, todo me daba vueltas y perdí el conocimiento.
       Cuando desperté, el aire circulaba libremente por el  túnel.  No creí haber estado inconsciente más allá de unas  pocas horas, aunque parece ser que el gas radioactiva me  mantuvo en un estado de animación suspendida durante unos 500 años.
       Luego, supuse que mi despertar debió ser consecuencia  de algún movimiento de tierras que reabrió el túnel y aclaró de paso la atmósfera.  Esa debió ser la causa, pues pude retroceder por el túnel superando una montaña de escombros y  me tambaleé por la larga pendiente que llevaba a la boca de  la mina, donde mis ojos vieron un mundo completamente  distinto, cubierto por un vasto bosque y sin ningún signo visible de moradas humanas.
       No mencionaré los días de agonía mental que siguieron a mi intento de comprender el significado de lo sucedido.  Hay momentos en que creo que estuve al borde de la locura.  Vagué por el desconocido bosque como un alma en pena, y de no haber sido por la necesidad de improvisar trampas y estacas con las que cazar mi alimento, creo que me habría vuelto loco.
       Basta con decir que sobreviví a esta crisis psicológica.
   Empezaré, pues, mi narración con mi primer contacto con los americanos del año 2419 D.C.
 

CAPITULO 1

 Mi primera visión de un ser humano del siglo XXV la tuve en una parte de bosque donde los árboles estaban más diseminados, más allá de la cual el bosque volvía a espesarse.
       Había estado vagando sin un propósito, sin esperanza, cavilando sobre mi extraño destino, cuando vi una figura que retrocedía con precaución alejándose de la densa arboleda al otro lado del claro.  Estuve a punto de llamarla con alegría, pero me contuvo algo furtivo en la figura.  La atención del chico (pues parecía ser un muchacho de unos quince o dieciséis años) se centraba en el espeso macizo de árboles del que acababa de salir.
       Sólo vestía ropas ajustadas de color verde y llevaba una gorra del mismo color semejante a un casco.  Un ancho y grueso cinturón le rodeaba la cintura abultándose en la parte de atrás de forma que le llegaba hasta los hombros, convirtiéndose en algo con las proporciones de una mochila.
       Cuando me iba apercibiendo de estos detalles, un brillante fogonazo y una sonora detonación, semejante a los de una granada de mano, restallaron a su izquierda.  Movió una mano y se tambaleó un poco como si resbalara; luego se recuperó y se apartó con cuidado del lugar de la explosión, agachándose ligeramente, y mirando todavía hacia la parte más densa del bosque.  Cada pocos pasos levantaba el brazo y apuntaba al bosque con algo que llevaba en la mano.  Cada vez que apuntaba tenía lugar una terrorífica explosión entre los árboles.  Se me ocurrió entonces que estaba disparando con alguna especie de pistola, aunque del arma no parecía surgir fogonazo o detonación alguna.
        Tras disparar varias veces, pareció llegar a alguna decisión repentina, y se volvió en mi dirección, saltando y, para mi asombro, volando por el aire entre los árboles con un salto como en la vida había visto igual.  El salto debió llevarle a unos veinte metros de distancia, aunque describió un arco no más alto de tres o cuatro metros del suelo.
        Al aterrizar, su pie tropezó en una raíz y se derrumbó suavemente en el suelo.  Digo «suavemente» porque no se estrelló como yo habría supuesto.  Lo único con lo que se me ocurre compararlo es con el cine a cámara lenta, aunque nunca he visto una película que registrase los movimientos horizontales a velocidad normal y sólo ralentizara los movimientos verticales.
        Supongo que mi cerebro no funcionaba a su ritmo normal debido a la sorpresa, pues miré a la postrada figura durante varios segundos antes de ver la sangre que manaba de debajo de la gorra verde.  Recuperando la capacidad de movimiento, le arrastré fuera de la vista hasta colocarle detrás de un gran árbol.  Dediqué unos segundos a intentar restañar la sangre.  La herida no era profunda.  Mi compañero estaba más atontado que herido.  Pero, ¿quiénes eran sus perseguidores?
        Le quité el arma de la mano y la examiné apresuradamente. No se diferenciaba de la pistola automática a la que estaba acostumbrado, a no ser por el hecho de que parecía dispararse con un botón en lugar de un gatillo.  Sacando munición del cinturón de mi compañero, la inserté en la recámara lo más rápidamente que pude, pues ya oía cerca de nosotros la sofocada conversación de sus perseguidores.
        A esto le siguió una serie de explosiones a nuestro alrededor, pero ninguna se acercó mucho.  Evidentemente, no habían localizado el lugar donde nos escondíamos y disparaban al azar.
        Esperé en tensión, balanceando el arma en la mano, acostumbrándome a su peso y probable retroceso.
 Entonces vi un movimiento en el verde follaje de un árbol no muy lejano, y aparecieron la mano y cabeza de un hombre.
   Iba completamente vestido de verde, como mi compañero, lo cual hacía dificil distinguirle, pero su cara podía verse claramente y llevaba el asesinato pintado en ella.
       Esto me decidió. Levanté el arma y disparé.  Mi puntería fue mala, pues el arma no tuvo el retroceso esperado, y alcancé el tronco del árbol a varios metros por debajo de mi blanco.  Eso hizo que cayera de su refugio como una bola de papel, y flotara hasta el suelo, como algo muerto e inerte, bajado suavemente por una mano invisible.  El árbol se derrumbó, como el tronco destrozado por la explosión.
       A continuación se desencadenó otra serie de explosiones a nuestro alrededor. Las armas que estábamos usando no hacían ruido al dispararse, y mis oponentes parecían estar tan al tanto de mi posición como yo de la suya, así que no hice ningún intento de responder a su fuego, contentándome con estudiar atentamente los alrededores.  Y mi paciencia tuvo su recompensa.
       Pronto vi un movimiento precavido en la cima de otro  árbol.  Apunté con cuidado al tronco, exponiéndome lo menos  posible, y volví a disparar.  Un chillido siguió a la explosión.  Oí como se derrumbaba el árbol, luego un gemido.
       El silencio reinó un tiempo.  Luego se oyó un débil ruido de ramas agitándose.  Disparé tres veces más en su dirección, apretando el botón todo lo rápido que pude.  Se derrumbaron ramas allí donde explotaron mis cartuchos, pero seguía sin ver cuerpo alguno.
       Por fin vi a uno de ellos.  Estaba dando uno de esos asombrosos saltos desde la rama de un árbol a la de otro situado a unos doce metros.
       Moví impulsivamente el arma y disparé.  Para entonces ya me había acostumbrado al peso del arma y mi puntería era  buena.  Le alcancé.  La «bala» debió penetrar en su cuerpo y  explotar a continuación.  Había visto como volaba por el aire, luego la explosión, y desapareció.  Nunca terminó el salto.
       No sabía cuántos eran, pero esto debió ser demasiado para ellos.  Dispararon sobre nosotros una última descarga de cartuchos, todos los cuales explotaron inofensivamente, y poco después oí cómo se movían y alejaban por entre las copas de los árboles.  Ninguno de ellos bajó a tierra.
       Ahora tenía tiempo para dedicarle a mi compañero.  Descubrí que era una chica, y no un chico.  Era muy esbelta, y muy bonita, pese a su apariencia corpulenta, debida al peculiar cinturón que le envolvía el cuerpo hasta debajo de los brazos.
       Había un arroyo no lejos de allí, y traje agua para limpiarle el rostro y la herida.
       Parecía que el misterio de esos largos saltos, la habilidad simiesca de saltar de rama en rama, y de los cuerpos que flotaban suavemente hacia abajo en vez de caer, radicaba en el cinturón.  Era una especie de cinturón antigravedad que disminuía el peso de quien lo llevaba, multiplicando el poder propulsor de los músculos de las piernas, y la fuerza alzadora de los brazos.
       Cuando la chica volvió en sí, me miró con tanta curiosidad como yo a ella, y empezó enseguida a hacerme preguntas.  Su acento y entonación me desconcertaron, pero de todos modos pudimos comprendernos bastante bien, a excepción de algunas palabras y frases.  Le expliqué lo que había sucedido mientras ella estaba inconsciente, y me dio las gracias por salvarle la vida.
       -Eres un extraño intercambio -dijo ella, mirando intrigada mis ropas.  Evidentemente las encontraba extrañas en contraste con su eficiente atuendo-. ¿No entiendes lo que quiero decir con «intercambio»?
       »Quiero decir un, er, esto, un extraño, alguien de otra banda. ¿A qué banda perteneces?
       -No soy ningún gánster -reí, pero evidentemente no conocía esta palabra-.  No pertenezco a ninguna banda -expliqué-, ni pertenecí nunca. ¿Es que en estos días todo el mundo pertenece a una?
       -Naturalmente -dijo ella, frunciendo el ceño-.  Si no perteneces a una banda, ¿dónde y cómo vives? ¿Por qué no te has unido a ninguna banda? ¿De dónde has sacado esas ropas?
       -Llevo dos semanas comiendo gamo -expliqué- y, en  cuanto a esta ropa... bueno... er-eeh...
       Hice una pausa, preguntándome cómo podría explicar lo  que debía tener cientos de años de antigüedad.
       Al final comprendí que tendría que contar mi historia lo mejor posible, explicándola con mis presunciones de lo que había pasado.  Ella escuchó pacientemente; con incredulidad al principio, pero que cada vez era menor a medida que continuaba hablando.  Cuando terminé, se quedó un tiempo pensativa.
       -Es dificil de creer -dijo-, pero lo creo. -Me miró con franco interés-. ¿Estabas casado cuando te sumiste en la inconsciencia en esa mina? -me preguntó de repente.  Le aseguré que nunca había estado casado-.  Bueno, eso simplifica las cosas. Verás, si estuvieras clasificado técnicamente como perteneciente a una familia, podría llevarte de vuelta sólo como un intercambio invitado, y yo, al no estar casada, y no ser pariente tuyo, no podría efectuar la invitación.
       A continuación me hizo un breve resumen del peculiar  sistema económico y social bajo el que vivía su pueblo.  Al menos parecía muy peculiar desde mi punto de vista del siglo XX.
       Descubrí con sorpresa que habían transcurrido exactamente 492 años mientras permanecí inconsciente en la mina.
       Wilma Deering, que tal era su nombre, resultó no ser  historiadora y sólo pudo proporcionarme una versión esquemática de las guerras que habían tenido lugar, y del modo en que se originaron tan radicales cambios.  Parecía que a la Primera Guerra Mundial le había seguido otra guerra, en la que casi todas las naciones europeas se habían aliado para acabar con la fuerza financiera e industrial de América.  Lograron su propósito, aunque fueron vencidas, pues la guerra fue terrible, y dejó a América igual que a ellas mismas, ahogada, sangrando y desorganizada, convertida en el cartucho vacío de una victoria.
       Los rusos soviéticos aprovecharon la oportunidad y se  aliaron con los chinos para barrer toda Europa y reducirla a un estado de caos.
       América, industrialmente orientada a la producción y el comercio mundiales, se derrumbó económicamente y pasó por  un largo periodo de estancamiento y desesperados intentos de  reconstrucción económica.  Pero le fue imposible evitar una  guerra con los mongoles, que para entonces habían subyugado  a los rusos y querían instaurar un imperio mundial.
       Parece ser que el conflicto tuvo lugar finalmente en el año 2019.  Los mongoles, con abrumadoras flotas de grandes aeronaves, y una ciencia que superaba con creces a la de la tullida América, barrieron las costas atlántica y pacífica y bajaron por el Canadá, aniquilando con su terrible rayo desintegrador aviación, ejércitos y ciudades americanas.  Esos rayos se proyectaban desde una máquina no muy distinta en apariencia de un foco, aunque su reflector no estaba compuesto de sustancia material alguna, sino de un complicado equilibrio de fuerzas electrónicas interactivas.  El resultado era un rayo terriblemente destructivo.  Bajo su efecto, las sustancias materiales se convertían en «nada»; o sea, en vibraciones electrónicas.  Destruía todas las sustancias conocidas, desde el aire a la piedra y los metales más densos.
       Se establecieron formando las bases de lo que acabaría siendo conocido como la dinastía Han de América, una provincia más de su imperio mundial.
       Fueron días terribles para los americanos.  Les cazaron como a bestias salvajes, sobreviviendo sólo aquellos que encontraron refugio en montañas, valles y bosques.  No tenían un gobierno que los uniera y la anarquía prevaleció durante varias generaciones.  La mayoría se habría sometido a los Han, aunque ello significase la esclavitud, pero el enemigo no les quería, pues poseían máquinas maravillosas y procesos científicos mediante los cuales llevaban a cabo toda clase de trabajos.
       Finalmente abandonaron la búsqueda y destrucción de los dispersos grupos de americanos ya salvajes.  Se les prestaba poca atención mientras continuasen escondidos en los bosques, y no se aventurasen cerca de las ciudades construidas por el Imperio Han.
       Entonces se inició la construcción de una nueva civilización americana.  Familias e individuos se agrupaban en clanes o "bandas" para protegerse mutuamente.  Llevaron una vida nómada y primitiva durante casi un siglo, moviéndose continuamente, temiendo grandemente las casuales y ocasionales incursiones aéreas mongolas con su terrible rayo desintegrador.  A medida que iba aminorando la frecuencia de esas incursiones, empezaron a establecerse en algunos lugares, organizándose de un modo muy similar al de las fortalezas militares de los barones feudales normandos.  Pero, en vez de refugiarse en los castillos, las tácticas defensivas de los americanos requirieron cierta diseminación de las casas familiares e individuales.  Debían vivir  virtualmente al descubierto, en los bosques, en tiendas verdes, recurriendo a tácticas de camufiaje que ocultaran su presencia de los observadores aéreos.  Edificaron fábricas y laboratorios subterráneos, pues así podían ocultarse mejor de los detectores electrónicos.  Interceptaron las comunicaciones radiofónicas del enemigo, primero con instrumentos primitivos, luego con otros más sofisticados.  Realizaron todos los esfuerzos posibles para desarrollar sus conocimientos científicos.  Emplearon muchas generaciones estudiando al enemigo de forma invisible y secreta, apoderándose poco a poco de sus conocimientos.
       Durante la primera mitad de este periodo hubo muchas y mortales guerras entre las distintas bandas de americanos, y ocasionales ataques fútiles, valientes pero infantiles, contra los Han, seguidos de terribles expediciones de castigo.
      A medida que aumentaban los conocimientos, se fue desarrollando el sentimiento americano de hermandad.  Se realizaron tratados entre bandas cubriendo áreas cada vez mayores.  El comercio entre ellas se desarrolló hasta cierto punto, pero, a medida que se avanzaba en el control de los procesos sintéticos, el intercambio de conocimientos se volvió mucho más importante que el de víveres.
       En las bandas se desarrolló una economía de compromiso entre la libertad individual y un socialismo militar.  El derecho a la propiedad privada estaba prácticamente limitado a las posesiones personales, pero había muchos privilegios privados que se consideraban sagrados.  El estímulo para seguir adelante se basaba principalmente en la consecución de diversas clases de prerrogativas y puestos de mando.  Sólo podía disponerse de forma muy limitada de algo que pudiera considerarse como  «riqueza», y nada de lo que pudiera clasificarse como «recursos». Los recursos de todo tipo, utilizables con fines militares, se consideraban como algo de interés público para el conjunto de la comunidad.
        Mientras tanto, y durante el transcurso de todas esas generaciones, el imperio Han desarrolló una economía de lujos. Consideraban a los americanos como «salvajes de los bosques», y como no necesitaban ni querían bosques o salvajes, trataban a los americanos como si fueran animales, y no reconocían ninguna afinidad humana con ellos.  A medida que pasaba el tiempo y el proceso sintético de producción de alimentos y materiales se perfeccionaba más y más, los Han necesitaron cada vez menos terreno para fines agrícolas.  Al final, cuando resultó más económico fabricar metales a partir de vibraciones electrónicas que desenterrarlo de la tierra, se abandonaron hasta las explotaciones mineras.
        La raza Han, desvitalizada por sus vicios y lujos, y dotada de maquinarias y procesos científicos que satisfacían hasta los menores deseos, y eliminaban virtualmente la necesidad de trabajar, empezó a asumir un actitud defensiva hacia los americanos.
        Naturalmente, los americanos miraban al pueblo invasor con un profundo y amargo odio, ansiando con desesperación que llegara el día en que serían lo bastante poderosos para alzarse y aniquilar al Azote Mongol que vivía en el continente.
        En el momento de mi despertar, las bandas estaban poco organizadas, pero se estaba estudiando la formación de una fuerza militar especial cuyo trabajo sería combatir al enemigo y derribar sus acronaves, siempre que fuera posible, sin provocar una alarma generalizada entre los mongoles.
       Wilma me dijo que pertenecía a la banda de Wyoming, que reivindicaba como territorio propio todo el Valle del Wyoming, y que estaba bajo el mando deljefe Ciardi.  Su padre y su madre habían muerto, y no estaba casada, así que no era un «miembro familiar».  Vivía con otras siete chicas en un pequeño grupo de tiendas conocido como Campo 17, bajo el mando de una jefa de campo.
        Sus deberes se dividían entre la exploración policial o militar y el trabajo en la fábrica.  Llevaba en la «patrulla del aire» un periodo de dos semanas que concluiría al día siguiente.  Esto no quería decir, como supuse al principio, que había estado volando, sino vigilando por si aparecían acronaves Han sobre esta parte del territorio de Wyoming, habiendo pasado la mayoría de ese tiempo en las copas de los árboles y escrutando los cielos.  De haber avistado alguna, habría disparado una «llamada de caída», apuntando a varios kilómetros de distancia, que se habría encendido cuando flotase vertical al suelo, de modo que no diera pie a que la aeronave localizara la dirección o el punto desde donde se había disparado y lanzara un rayo desintegrador hacia allí. A continuación sería imitada por otros miembros de la patrulla aérea, hasta que uno de ellos equipado con un ultrófono, que, a diferencia de las antiguas radios, operaba con las vibraciones etéreas ultrónicas, transmitiera la advertencia simultáneamente al cuartel general de la Banda de Wyoming y a las demás comunidades situadas dentro de un radio de varios centenares de kilómetros.  Esto también alertaría a las pocas naves cohete de que disponían que se encontrasen en el aire, que al instante bajarían para refugiarse en claros del bosque o aterrizando en verdes prados donde su color probablemente les impediría ser vistas.
       El método de propulsión favorito de los americanos es el conocido por cohetear.  El cohete es lo que yo describiría, según mi conocimiento de la materia en el siglo XX, como un estallido gaseoso extremadamente potente, producido atómicamente mediante una reacción química.  Los científicos de hoy lo consideran una reacción infantilmente simple pero, precisamente por eso, enormemente económica y eficiente.
       Pero, al día siguiente, me explicó Wilma, debía ir a trabajar a la fábrica de ropa, donde se haría cargo de uno de los procesos sintéticos mediante los cuales se producían esos maravillosos sucedáneos de lana, algodón y seda.  Al cabo de otras dos semanas volvería a tener una ocupación militar, puede que en el mismo puesto, o quizás como «guardia de contacto», de servicio en la frontera del territorio de Wyoming con el de Delaware, o con el de Susquanna o cualquier otro de la media docena de «bandas» de esta parte del país que yo identificaba como Pennsylvania y el estado de New York.
       Wilma me aclaró el misterio de los saltos voladores hechos por ella y sus asaltantes, y explicó de la siguiente forma el cinturón inertrón equilibrador de peso:
       Los saltadores eran de uso común en el momento que yo desperté, aunque eran muy costosos al no producirse inertrón en grandes cantidades.  Resultaban muy útiles en el bosque.  Consistían en cinturones que se ajustaban bajo los brazos y que contenían una cantidad de inertrón adecuada al peso e intenciones del portador.  Hacían que un hombre pesara tan poco como quisiese; un kilo si así lo deseaba.
        Los flotadores eran una variante posterior de los saltadores, cohetes encajados en bloques de inertrón y sujetos a la espalda de modo que el portador flota, y se desplaza, inclinándose ligeramente hacia adelante.  Con el motor en funcionamiento, se mueve como un buceador, con la cabeza por delante, controlando la dirección retorciendo el cuerpo y moviendo los brazos extendidos y las manos.  En la parte frontal del cinturón hay pesas que sirven de lastre para ajustar peso y elevación. Algunos hombres prefieren tener unos cuantos kilos de peso al flotar, usando un ligero impulso del motor para superar esto. Otros prefieren mantener una mayor Notabilidad.  La perdida inadvertida de lastre no es asunto serio.  Siempre puede utilizarse el impulso del motor para bajar.  Pero, como precaución extra  y en caso de que fallase el motor por alguna razón, todos los cinturones tienen partes desmontables que pueden utilizarse para compensar cualquier pérdida de peso.
       -¿Pero, quienes eran tus asaltante? -pregunté-. ¿Y por qué te atacaron?
       Me dijo que sus asaltantes eran miembros de una banda proscrita denominada los Malas Sangres, un grupo que llevaba varias generaciones bajo el control de jefes que intentaban aumentar la fuerza de su clan mediante tácticas que sus vecinos habían llegado a considerar desleales, y que en consecuencia habían sido virtualmente boicoteados.  Sus intenciones eran las de matar a Wilma cerca de la frontera de Delaware, para luego hacer que el crimen pareciese obra de exploradores de Delaware y enzarzar así a ambos bandos en actos de mutua represalia, o al menos sembrar cizaña.
       Afortunadamente, no consiguieron sorprenderla y logró esquivarles durante dos horas sin que le dispararan, momento en que yo entré en escena.
       -Pero, no podemos quedarnos aquí hablando -concluyó  Wilma-.  Debo llevarte conmigo, y debo informar de este ataque.  Lo mejor será pasar al otro lado de la montaña.  El hombre que esté en ese puesto tendrá un teléfono, y podré hacer un informe directo.  Pero, tendrás que ponerte un cinturón.  El mío no servirá de mucho con nuestros pesos sumados, y poco podremos conseguir saltando a las bravas.  Será tan malo como caminar.
      Tras una breve búsqueda, encontramos a uno de los hombres que yo había matado.  Había flotado por entre los árboles hasta cierta distancia de allí y su cinturón no estaba muy dañado. Casi lo pierdo al soltarlo de su cuerpo, ya que salió disparado hacia arriba.  Wilma lo cogió y no lo soltó, aunque tuvo que aumentar la elevación de su propio cinturón y cogerse a una rama superior para mantenerse abajo.  Subí al árbol y añadiendo mi peso al suyo pudimos flotar suavemente hacia abajo con el cinturón en nuestro poder.
 

CAPITULO II
 
 

       Todavía tardamos un tiempo en salir, mientras yo adquiría los rudimentos necesarios para usar esos cinturones.  Me había sentado con el cinturón puesto, disfrutando de una comodidad semejante a la de un sillón.  Cuando me levanté, con el natural esfuerzo muscular de tal movimiento, salí disparado a tres  metros de altura, con un salvaje e instintivo agitar de brazos y piernas que divirtió grandemente a Wilma.
        Pero tras algo de práctica, empecé a cogerle el truco a reducir al mínimo el esfuerzo muscular de los movimientos verticales y a un máximo el de los horizontales.  Descubrí que la forma correcta era un esfuerzo comparable al de esquiar. También descubrí que, para moverse en el bosque, los brazos y manos podían resultar muy útiles para columpiarse de rama en rama, prolongando los saltos de forma casi indefinida.
        Al trepar por la ladera de la montaña, descubrí que, pese a la falta de práctica, mis músculos del siglo XX eran una ventaja con el cinturón.  Y que, como las laderas eran muy acentuadas la mayoría de nuestros saltos eran hacia arriba, podía haberme distanciado fácilmente de Wilma, la cual pudo dejarme atrás con su superior técnica una vez superamos la loma y descendimos.  Wilma buscaba los taludes más empinados, saltando sobre la copa de un árbol antes de propulsarse hacia afuera, zambulléndose literalmente en el bosque hasta que asumía una posición más vertical, al perder la inercia horizontal, y flotaba hacia abajo.  De este modo, llegaba a cubrir hasta trescientos metros de un solo salto, mientras yo saltaba y me arrastraba torpemente detrás de ella, aunque disfrutando siempre de la sensación.
         A mitad del descenso, vimos otra figura vestida de verde saltando sobre las copas de los árboles en dirección a nosotros.
      Los tres nos reunimos en una protuberancia rocosa desde la que teníamos una visión de muchos kilómetros a la redonda.
      Wilma le explicó apresuradamente su aventura, y mi presencia, a su amiga guardiana cuyo nombre era Alan.  Más tarde supe que era la forma moderna de Helen.
         -Entonces, quieres informar mediante mi fono, ¿no?
         Alan cogió un paquete compacto de quince centímetros cuadrados de una cartuchera y se lo entregó a Wilma.
         Por lo que podía ver, no tenía ningún receptor especial para el oído.  Wilma se limitó a levantar un tapa como si abriera un libro y empezó a hablar. La voz que le respondió desde el aparato era tan audible como la suya.
        Fue interrogada de forma muy precisa sobre el ataque de que había sido víctima, y tan a fondo como yo, y a juzgar por el tono de esa voz, su propietario no estaba dispuesto a aceptarme tan de primeras como Wilma.  Y en lo que a esto se refería, tampoco la otra chica.  Me daba cuenta de ello, por las miradas de sospecha que me dirigía cuando creía que mi atención estaba en otra parte y por la forma en que su mano se balanceaba constantemente cerca de la pistolera.
        Wilma recibió órdeiies de llevarme allí de inmediato, e informó a la otra exploradora que debía sustituirla al otro lado  de la montaña.  Cerró la tapa del fono y se lo devolvió a Alan, que parecía aliviada de vernos partir por las copas de los árboles en dirección a los campamentos.
        Habíamos cubierto unos cinco kilómetros de una forma que aún me parecía sorprendentemente sencilla, cuando Wilma explicó que a partir de ahí habría que seguir al nivel del suelo.  Estamos cerca del campamento, dijo, y siempre existe la posibilidad de que nos localizara una nave exploradora Han, invisible por volar a gran altura, mediante un proyectoscopio y obtuviese así la localización general del campamento.
 Wilma me llevó al cuartel de los exploradores, que resultó ser un edificio pequeño de forma irregular, en consonancia con los árboles que le rodeaban, y construido en su mayor parte con un material verde que parecía de tela.
        Me recibió el ayudante del jefe Explorador, que enseguida informó de mi llegada a la oficina histórica y a unos oficiales a los que llamó jefe Psicólogo y jefe Historiador, que aparecieron a los pocos minutos.  La actitud de los tres hombres fue educada y algo escéptica, y pareció divertirles la ardiente defensa que Wilma hizo de mí.
        Hablé, expliqué y contesté preguntas durante las siguientes dos horas.  Tuve que explicar con detalle la forma en que se vivía en el siglo XX y mis conocimientos de las costumbres, hábitos, negocios, ciencia e historia de ese periodo y los descubrimientos que habían borrado los siglos.  De haber estado en el aula de una clase, habría pasado el examen con muy mala nota, pues fui incapaz de contestar a la mitad de las preguntas.  No tardé mucho en darme cuenta de que la mayoría de esas preguntas eran trampas.  Se me entregaban objetos cuya finalidad desconocía, y era observado con atención cuando los cogía.
        Al final pude ver que la sorpresa y la credulidad asomaban en el rostro de mis inquisidores, y, finalmente, los jefes Historiador y Psicólogo acordaron abiertamente que no habían encontrado fallo alguno en mi relato o mis reacciones, y que mi historia debía aceptarse como genuina.
        Me llevaron entonces al Gran jefe Ciardi.  Era un hombre corpulento con «cara de poker».  Probablemente habría sido un político de éxito hasta en el siglo XX.
        Le hicieron un breve resumen de mi historia y un informe de su examen a mi persona.  No hizo más comentario que un asentimiento de cabeza. Luego se dirigió a mí.
        -¿Cómo te sientes? -preguntó- ¿Te parecemos raros?
        -Un poco extraños -admití-.  Pero empiezo a perder esa sensación de sorpresa, aunque puedo darme cuenta de que me queda mucho por aprender.
        -Puede que también nosotros aprendamos algo de ti.  Así que luchaste en la Primera Guerra Mundial.  Sabes, tenemos muy poca información sobre los detalles de esa guerra, o sea, sobre las condiciones precisas en que se combatió y las tácticas utilizadas.  Olvidamos muchas cosas durante la época del terror Han, y... bueno, creo posible que tengas muchas ideas que merezcan ser tenidas en cuenta por nuestros estrategas.  Por cierto, ¿qué quieres hacer ahora que estás aquí y que no puedes volver a tu siglo?  Serás bienvenido si quieres convertirte en uno de nosotros. O quizá prefieras permanecer un tiempo con nosotros, y luego ir a visitar otras bandas.  Quizá prefieras alguna de las otras.  No te decidas ahora.  Te pondremos en intercambio durante una temporada.  Veamos, tu tendrías que llevarte bien con Dave Berg.  Es jefe del Campamento Número 34 cuando no es jefe Explorador.  Hay una vacante en su campamento.  Quédate con él y piénsalo todo el tiempo que quieras.  Cuando te hayas decidido por algo, házmelo saber.
        Todos nos estrechamos la mano, pues era una costumbre que no había muerto en esos quinientos años, y me reuní con Berg.
        Dave vestía de verde, igual que todos los demás.  Era un hombre grande. O sea, tenía un metro setenta y ocho, mi misma estatura.  Era una altura considerable, muy por encima de la media, pues diríase que la raza había perdido algo de estatura  con las vicisitudes de estos cinco siglos.  La mayoría de las mujeres medían algo menos de metro cincuenta, y los hombres sólo un poco por encima de esta altura.
        Dave tenía que dedicar un periodo de dos semanas a sus deberes de campamento, así que tuve una buena oportunidad de familiarizarme con la vida de la comunidad.  No fue fácil. Había tantas novedades que asimilar.  Nunca dejaba de maravillarme ante la extraña combinación de rústica vida social y febril actividad industrial.  Al menos a mí me resultaba extraña.  Mi experiencia me decía que todo desarrollo industrial implicaba ciudades atestadas, edificios, calles pavimentadas, profusión de vehículos, ruido de hombres y mujeres presurosos cuyo rostro evidencia tensión o aburrimiento, vastas estructuras y adornados edificios públicos.
       En cambio, aquí todo era simplicidad rústica, grupos y familias aparentemente aisladas que vivían en el corazón del bosque con cientos de metros de separación entre cada hogar. Había una total ausencia de multitudes o de otro medio de transporte que no fueran los cinturones llamados saltadores, que eran usados casi constantemente por todo el mundo, y había sólo unas cuantas naves cohete que se empleaban para trayectos largos, y fábricas subterráneas que a mi parecer eran más bien laboratorios y salas de máquinas.  Muchas de ellas estaban excavadas tan profundamente como una mina, con confortables interiores muy amueblados e iluminados.  Se habían acostumbrado a camuflarse para no ser observados desde el aire.Sus actividades no sólo habrían pasado desapercibidas para una nave que sobrevolara el centro de la comunidad, sino hasta para un enemigo que atravesara casualmente la pantalla de las ramas altas y bajase al suelo del bosque.  Los campamentos o viviendas eran de forma irregular y con colores que se fundían con los grandes árboles entre los que se ocultaban.
       En Wyoming había 724 moradas o «campamentos», localizados dentro de un área de unos cuarenta y cinco kilómetros cuadrados.  La población total era de 8.688 personas, estando censados todos los hombres, mujeres y niños, ya fuesen miembros permanentes o «intercambios».
       Las plantas procesadoras también estaban muy dispersas por todo el territorio.  No había nada de lo que suele asociarse con la congestión.  A las familias y a los individuos se les asignaban, en la medida de lo posible, viviendas no muy alejadas de las plantas u oficinas donde tenían su trabajo.
       Todos los hombres y mujeres capaces se alternaban en  periodos de dos semanas de servicios militares e industriales, con la excepción de las personas necesarias para efectuar los trabajos de casa.  Como las condiciones laborales de las fábricas y oficinas eran ideales, todo el mundo realizaba, además, muchas y saludables actividades externas.  La población era resuelta y activa, considerándose la pereza casi como la mayor de las ofensas sociales.  El trabajo duro y el mérito general eran recompensados de muy variadas formas, con privilegios extraordinarios, ascensos a puestos de autoridad, y diversos útiles personales para el lujo y la comodidad.
        En los momentos de ocio, solía disfrutar sentándome fuera de la morada que compartía con Dave Berg y otros diez hombres, observando a los ocasionales viandantes cuando saltaban arriba y abajo por el camino forestal, con movimientos despreocupados pero rápidos, alzándose del suelo en largos saltos casi horizontales, columpiándose ocasionalmente de una rama a otra antes de «deslizarse» hasta el suelo un poco más lejos.  La velocidad normal de viaje, cuando los senderos eran lo bastante rectos, era de unos treinta kilómetros por hora.  Cosas como los automóviles y ferrocarriles (cuyo recuerdo en mi mente no tenía más de un mes) resultaban indeciblemente tontas y fútiles al compararse con la comodidad que ofrecían esos cinturones o saltadores.
        Dave sugirió que pasara unos días recorriendo las plantas, observando y estudiando lo que pudiese. La comunidad entera estaba al tanto de mi llegada y mi estatus como «intercambio» había llegado a todos los edificios y puestos de la comunidad mediante una emisión ultrónica.  En todas partes fui recibido por un espíritu curioso y servicial.
        Visité las plantas donde se aislaban las vibraciones ultrónicas del éter y donde, mediante lentos procesos, se convertían en formas atómicas, electrónicas y subelectrónicas para conformar los dos principales elementos sintéticos, el ultrón y el inertrón.  Aprendí algo, al menos superficialmente, del proceso de combinar acciones mecánicas y químicas para producir las distintas clases de tejidos sintéticos.  Observé la manufactura de máquinas que se empleaban en los lugares de edificación para producir los diversos tipos de materiales de construcción.  Pero me interesaron particularmente las fábricas de municiones y los talleres de aeronaves.
        El ultrón es un producto sólido de gran densidad molecular y moderada elasticidad, cuya principal propiedad es una conductividad del cien por cien para esas pulsaciones que conocemos como luz, calor y electricidad.  Al ser completamente permeable a las vibraciones lumínicas, es por tanto, completamente invisible y no reflectante.  Su respuesta al magnetisino también es casi del cien por cien.  Por tanto, es muy pesado en condiciones normales, pero extremadamente sensible a los repulsores o rayos antigravedad, como los utilizados por los Han como «piernas» de sus naves aéreas.
        El inertrón es el segundo gran hallazgo de la investigación y experimentación americanas con fuerzas ultrónicas.  Obtenido sólo unos años antes de mi despertar en la mina abandonada, es un elemento sintético, elaborado mediante una complicada heterodinación de pulsaciones electrónicas a partir de finas subiónicas «infraequilibradas».  No reacciona ante fuerzas magnéticas o eléctricas superiores al nivel ultrónico; es decir, ante lo subelectrónico, lo electrónico, lo atómico y lo molecular.  En consecuencia, tiene varias propiedades valiosas y sorprendentes.
       Una de ellas es la carencia absoluta de peso.  Otra, la carencia absoluta de calor.  No tiene vibraciones moleculares de ninguna clase y refleja el cien por cien del calor y la luz que inciden en él.  Naturalmente, no parece frío al tacto ya que no absorbe el calor de la mano.  Es un sólido con una estructura molecular no muy densa pese a su carencia de peso.  Con una gran resistencia y considerable elasticidad.  Es el escudo perfecto contra los rayos desintegradores.
        Las pistolas de cohetes son unos artilugios muy simples en lo referente al mecanismo de lanzar el proyectil.  Son sencillos tubos de luz, cerrados en su extremo posterior, y con un alfiler, clavado por un disparador, que perfora la delgada piel de la base del cartucho.  Esta perforación provoca una reacción química y atómica.  El cartucho completo deja el tubo mediante su propia potencia, a una velocidad inicial muy baja, sólo la necesaria para afinar la puntería, por lo que el tubo no necesita una construcción muy sólida.  El proyectil aumenta su velocidad a medida que se mueve.  Puede ser sólido o explosivo.  Puede
explotar por contacto o por tiempo, o mediante una combinación de ambas.
        Dave y yo hablábamos principalmente de armas, tácticas militares y estrategia.  Extrañamente, no tenía ni la menor idea de cual sería el resultado de una andanada de esas armas, aunque el tremendo efecto de una «cortina de fuego» con proyectiles de tan alta potencia como la de esos modernos lanzacohetes sí resultaba obvio para mí.  Pero la idea de lanzar una andanada de fuego parecía haberse perdido completamente por las guerras aéreas que siguieron a la Primera Guerra Mundial, y gracias a la peculiar táctica de guerrillas desarrollada por los americanos durante todo el periodo posterior de operaciones terrestres contra aeronaves Han, y en las guerras de bandas que, según descubrí, habían sido constantes hasta hacía pocas generaciones.
        -Me pregunto -dijo un día Dave- si no podríamos preparar algún tipo de andanada contra los Malas Sangres.  El Gran jefe me ha dicho hoy que se ha comunicado con otras bandas y que todas están de acuerdo en que sería conveniente que los Malas Sangres desaparecieran para siempre.  El atentado contra la vida de Wilma Deering y sus evidentes deseos de provocar rencillas entre las bandas ha encendido la ira de todas las comunidades al Este de los Alleghanies.  El jefe dice que ninguno de los otros se opondrá si les atacamos.  Vuelve a contarme la forma en que resolviste ese encuentro en el bosque de Argonne.  Las condiciones debían ser muy parecidas.
        Se lo repetí con detalle, y poco a poco elaboramos una modificación del plan, adaptado al uso de los saltadores y a las actuales armas mucho más poderosas.
        -Será fácil -dijo Dave exultante-.  Mañana bajaré y lo discutiré con eljefe.
        Wilma Deering y yo nos vimos en numerosas ocasiones durante las dos primeras semanas de mi estancia en los Wyoming.  Naturalmente sentía una mayor amistad hacia ella, ya que era el primer ser humano que había visto tras despertar de mi largo sueño.
        También era natural que ella sintiera un interés inusual en mí. En primer lugar, yo era su descubrimiento personal y había salvado su vida.  En segundo, era una chica de mente despierta y estudiosa.  Nunca se cansaba de mis historias y descripciones del siglo XX.
        El resto de la comunidad, sin embargo, parecía encontrar divertida nuestra amistad.  Parece ser que Wilma tenía reputación de ser muy fría con el sexo opuesto, así que los demás, para su propio regocijo interpretaron mal su actitud. Wilma y yo ignorábamos esto todo lo que podíamos.
        En el campamento de Wilma había una chica llamada Gerdi Mann, de quien Dave Berg estaba locamente enamorado, y los cuatro solíamos salir juntos muy a menudo.  Gerdi tenía un aspecto notable.  Mientras Wilma tenía el pelo castaño oscuro y los ojos color avellana, habituales en casi todos los habitantes de la región, Gerdi tenía el pelo rojo, ojos azules y una piel muy clara.  Era un atavismo de la apariencia fisica que se remontaba a cierto tipo del siglo XX que he visto muy escasas veces entre los americanos modernos.  Fue un día en que estábamos los cuatro enzarzados en una conversación sobre este mismo tema, cuando tuve mi primera experiencia de un ataque Han.
      Estábamos sentados a bastante altura, en la ladera de una colina desde la que se dominaba ese valle que bullía de actividad humana invisible bajo la sábana de vegetación.
       Los otros tres, que conocían vaga e indefinidamente la existencia de los irlandeses como una raza localizada en el otro extremo del orbe y que, como nosotros, había conseguido mantener una existencia precaria y furtiva en su rebelión contra la dominación mongola de la Tierra, escuchaban con interés mi teoría sobre que los ancestros de Gerdi debían haber sido irlandeses.  Expliqué que Gerdi era de tipo irlandés, y que su apellido debía haber sido McMann, o McMahan, o el todavía más antiguo de «mac Mathghamhain».  También estaban muy interesados en mi conjetura de que «Gerdi» debía ser el mismo nombre que el «Gerty» o «Gertrude» del siglo XX.
       Un cohete de alarma nos sorprendió a media conversación, estallando a gran altura en el aire, hacia el Norte, diseminando un penacho de humo rojo que vagó como una nube.  Le siguieron otros en diferentes puntos del cielo norteño.
       -¡Un ataque Han! -exclamó Dave sorprendido-. ¡El primero en siete años!
       -Puede que sólo sea una nave que se ha desviado de su ruta -aventuré.
       -No -dijo Wilma con cierta agitación-.  Entonces habrían sido cohetes verdes.  Los rojos sólo significan una cosa, Tony. Están barriendo la zona con rayos des. ¿Ves algo, Dave?
       -Será mejor que nos dispersemos -dijo por fin-.  Son las órdenes, ¿sabes? ¡Mirad!
       Y señaló hacia el valle.
       Aquí y allá se veían figuritas humanas que aparecían fugazmente sobre el follaje de las copas de los árboles.
       -Muy mal -comentó Wilma, mientras contaba los saltadores-.  No hay menos de quince personas visibles, y resulta evidente que todas parten de un punto central. ¿Es que quieren traicionar nuestras posiciones?
       Las órdenes establecidas para los ataques aéreos decían que la población se dispersara individualmente.  No debía haber grupos, ni siquiera parejas, en el punto de mira de los rayos desintegradores.  La experiencia adquirida durante generaciones había probado que si se hacía así, y todo el mundo permanecía escondido bajo la pantalla de los árboles, los Han tendrían que barrer kilómetro tras kilómetro del territorio, metro tras metro, para alcanzar a algo más que un pequeño porcentaje de la comunidad.
        Sin embargo, Gerdi se negaba a dejar a Dave, y Wilma había renunciado igualmente a abandonarme.  Yo carecía de experiencia en este tipo de cosas, explicó, ignorando el hecho de que también era su caso; no tenía más de trece o catorce años cuando tuvo lugar el último ataque aéreo.
        El caso es que como no pude convencerla de lo contrario, Wilma v yo saltamos juntos hacia un punto situado unos trescientos metros más arriba, mientras Dave y Gerdi bajaban, desapareciendo entre los árboles.
        Wilma y yo buscábamos un sitio desde el que pudiéramos dominar el valle y el cielo del Norte, y lo encontramos cerca de la cima, donde, ocultos tras las abundantes ramas, podíamos ver por entre los troncos de los árboles, obteniendo una buena vista del valle.
        No aparecieron más cohetes y, a excepción de las pocas nubes rojas de advertencia que vagaban indolentemente en el cielo, no había más indicaciones visibles de la pasada o presente existencia de americanos en parte alguna del cielo o de la tierra.
 Entonces Wilma me cogió del brazo y señaló. La vi a lo lejos, en la distancia, con su capa de pintura de bajá visibilidad dándole el aspecto de un dirigible fantasma.
        -Doscientos metros de altura -susurró Wilma, pegándose a mí-.  Mira.
        La aeronave tenía más o menos la misma forma que los grandes dirigibles que había visto en el siglo XX, pero sin vagón de control suspendido, motores, propulsores, alerones o planos elevadores.  A medida que se acercaba iba dándome cuenta de que era mucho más ancha y algo más plana de lo que había supuesto.
        Ahora podía ver los rayos repulsores que mantenían la nave a flote; eran como los haces de un faro, apenas visibles en la brillante luz del día (pero tampoco muy visibles de noche para los ojos humanos.) De hecho, según me informaron mis instructores, eran dos rayos.  El visible es generado por las maquinarias de la nave y se dirige hacia el suelo como un rayo de impulsos «portadores».  El auténtico rayo repulsor, en cierto sentido complementario del otro e inducido por la acción del "portador", reacciona de forma concentrada en dirección hacia arriba desde la masa de la tierra.  Cambia sucesivamente de naturaleza, siendo electrónico, atómico y, finalmente, molecular, según los diferentes radios de distancia entre la masa de la tierra y la fuente del "portador", hasta que, como resultado final, la nave se sostiene sobre una ascendente columna de aire,  de un modo muy semejante al de una pelota sostenida continuamente sobre un surtidor de agua.
       La nave se aproximaba con increíble velocidad.  Sus rayos se proyectaban de forma oblicua en un ángulo cerrado.  Pero cada vez que brillaban hacia abajo con cegadora luminosidad, bosque, rocas y terreno se fundían instantáneamente convirtiéndose en nada cada vez que eran tocados por ellos.
       Cuando más tarde inspeccioné las cicatrices dejadas por los rayos, descubrí que eran de metro y medio de profundidad con una anchura de nueve, habiendo ad(lviii-ido la superficie de la tierra una textura semejante a la de la lava, pero con un tinte verdoso, pálido e iridiscente.
       La nave no utilizó los rayos de forma sistemática hasta que no llegó a un punto situado en el centro del valle, el centro de las actividades de la comunidad.  Entonces se detuvo bruscamente cerrando el ángulo de sus rayos repulsores hasta situarlos gradualmente en la vertical, haciendo que la nave flotara inmóvil.  Entonces inició una labor sistemática de destrucción.
       Los rayos destructores iban y venían, formando surcos paralelos de colina a colina.  Tanto Wilma como yo nos quedamos boquiabiertos por la sorpresa mientras veíamos cómo se abrían paso una y otra vez en lugares donde sabíamos que había fábricas o campamentos.
       -Esto es horrible -gimió; una aterrorizada pregunta brillaba en sus ojos-. ¿Cómo pueden saber de forma tan precisa su localización, Tony? ¿Has visto? No lo han dudado ni un momento. Se dirigieron a un lugar determinado... y... y era el lugar correcto.
        No hablamos sobre lo que sucedería si los rayos se volvían en nuestra dirección.  Los dos lo sabíamos. Seríamos desintegrados en una fracción de segundo, convertidos en simples y dispersas vibraciones electrónicas.  Lo que resultaba extraño era que esta chica autosuficiente de] siglo XXV, buscara apoyo moral agarrándose a mí, a un hombre relativamente primitivo del siglo XX, mucho menos familiarizado que ella con el pensamiento de tan terrible posibilidad.
        Sabíamos que, en esos breves instantes, muchos de nuestros compañeros debían haber sido vaporizados ante nuestros ojos y reducidos a una absoluta inexistencia.  Todo ello nos paralizó durante no sé cuánto tiempo en una inmovilidad tanto física como mental.
        No debió ser mucho, pues los rayos no habían trazado más de treinta de sus surcos de diez metros, cuando recuperé el control de mí mismo e hice que Wilma se recuperara sacudiéndola con fuerza.
        -¿Cuál es el alcance de esta pistola lanzacohetes, Wilma? -pregunté, sacando mi pistola.
        -Depende dei cohete, Tony.  Puede disparar hasta el cohete de mayor alcance, pero dispararías con más precisión usando un arma con un tubo más largo. ¿Por qué?  No podrías atravesar el casco de la nave con un cohete, ni en el supuesto de que la alcanzaras.
        Rebusqué torpemente en mi bolsa de cohetes, pues estaba excitado.  Quería probar una idea.  Con ayuda de Wilma, elegí el cohete explosivo de mayor alcance que tenía en la bolsa, y lo encajé en la pistola.
        -No llegará a los doscientos metros, Tony -objetó Wilma.
        Apunté cuidadosamente.  Tenía otra idea en la mente.  Me habían dicho que el rayo repulsor se convertía en molecular al típico nivel logarítmico de cinco (por debajo de esto era un «flujo» puramente electrónico, una pulsación entre la fuente del «portador» y la masa normal de la tierra).  Por debajo de ese nivel... si podía proyectar mi bala explosiva hasta esa corriente, allí donde empezaba a transportar sustancia material hacia arriba... ¿no subiría con la columna de aire, adquiriendo suficiente velocidad y golpeando la nave con bastante fuerza como para atravesar el casco?  De todas formas valía la pena intentarlo.
 Wilma también se excitó mucho cuando comprendió el origen de mi inspiración.
       Busqué febrilmente a mi alrededor alguna rama adecuada donde apoyar la pistola, pues tenía que apuntar con mucho cuidado.  Por fin encontré una.  Puse la mira en el casco de la nave que flotaba sobre nosotros, apuntando a su parte más lejana, en un ángulo que, por lo que podía calcular, llevaría mi bala a atravesar el rayo repulsor delantero.  Por fin las miras oscilaron en el punto que buscaba y apreté suavemente el botón.
       Por un momento miramos conteniendo el aliento.
       La nave se agitó de pronto como sobre un pivote, balanceándose de lado a lado como un péndulo.  Wilma gritó de excitación.
       -¡Oh, Tony, le has dado! ¡Le has dado! ¡Vuelve a intentarlo, derríbalo!
       Entre los dos sólo teníamos otro cohete de largo alcance, y se nos cayó tres veces por la prisa en insertarlo en mi pistola. Me obligué a calmarme por pura fuerza de voluntad, mientras Wilma se mordía el puño para contener un grito.  Apunté cuidadosamente y volví a disparar.
       El tiempo que duró el invisible vuelo del cohete pareció una eternidad.
       Entonces vimos caer la aeronave.  Parecía hundirse lentamente, pero en realidad cayó con una aceleración aterradora, dando vueltas sobre sí misma, con los rayos desintegradores fuera de control, describiendo vastos y descontrolados arcos, y abriendo una senda a través del bosque a menos de setenta metros de donde estábamos.
       El impacto con que la pesada nave golpeó el suelo reverberó en las colinas, con la inercia de dieciocho o veinte mil toneladas en una repentina caída de doscientos metros.  Una retorcida masa de metal se enterró en el suelo, con poética justicia, en medio del humeante y semifundido campo de destrucción que había estado arando tan deliberadamente.
       El silencio, la vacuidad del paisaje, resultaron opresivos cuando murieron los últimos ecos.
       Entonces, ladera abajo, una figura saltó alegremente por encima de la pantalla de follaje.  Y en la distancia saltó otra más, y otra.
        Un momento después, el cielo fue asaeteado por cohetes de señales.  Una tras otra, las bocanadas de humo se convirtieron en nubes a la deriva.
        -¡Dispersáos! ¡Dispersáos! -gritó Wilma- Dentro de media hora tendremos aquí a toda una flota de Nu-Yok y a otra de Bah-Flo.  Se habrán enterado de esto al instante gracias a los registrógrafos y los localizadores.  Arrasarán todo el valle y la región en varios kilómetros a la redonda.  Vamos, Tony.  No hay tiempo para que la banda se reagrupe.  Mira las seriales.  Tendremos que saltar. ¡Oh, estoy tan orgullosa de ti!
        Subimos hasta la cima con largos saltos en dirección Este, hacia la región de los Delaware.
        Los cohetes de señales se veían de cuando en cuando en el cielo. La mayoría eran señales de «alerta roja», de «dispersarse».  Pero algunos de los otros, que Wilma identificó como cohetes de Wyoming, la hicieron deducir que quien quiera que estuviese al mando (desconocíamos si el jefe vivía o no) daba órdenes de dirigirse hacia el Sur, así que cambiamos nuestro rumbo.
        Era una pena, pensé, que el clan no tuviera equipados a todos sus integrantes con ultrófonos, pero Wilma me explicó que aún no se habían fabricado bastantes como para hacerlo, aunque estaba prevista una distribución general para dentro de unos meses.
        Viajamos muchos kilómetros antes de que el anochecer cayera sobre nosotros, limitándonos sólo a poner toda la distancia posible entre el valle y nosotros.
        Cuando el inminente crepúsculo hizo demasiado peligrosos los saltos, buscamos un lugar confortable bajo los árboles y consumimos parte de nuestras raciones de emergencia.  Era la primera vez que las probaba.  Estaban compuestas de una sustancia sintética altamente nutritiva llamada «concentro» que, sin embargo, resultaba algo amarga e incomible.  Pero eso carecía de importancia al bastar con un solo bocado.
        Ninguno de los dos tenía una capa, pero estábamos totalmente cansados y felices, así que nos acurrucamos el uno junto al otro para darnos calor.  Recuerdo a Wilma durmiéndose y haciendo algún comentario adormilado sobre nuestro emparejamiento, como si el asunto ya estuviera decidido, y mi sorpresa al descubrir que yo aceptaba la idea, pues no había pensado anteriormente en ella de esa forma.  Pero los dos nos quedamos dormidos al momento.
        Por la mañana encontramos poco tiempo para cortejos.  El problema práctico al que nos enfrentábamos era demasiado grande.  Wilma creía que el plan debía ser reunirse en el territorio Susquanna, pero tenía dudas sobre la conveniencia de dicho plan.  Mi satisfacción por el éxito al derribar la nave enemiga, y mi reciente interés en mi encantadora compañera, habían hecho que olvidara el ominoso hecho de que la nave derribada conocía la localización exacta de las fábricas de Wyoming.
        Esto significaba, en opinión de Wilma, que o bien los mongoles habían perfeccionado nuevos instrumentos aún desconocidos para nosotros, o que había traidores en alguna parte, ya fuera en Wyoming o en alguna de las otras bandas.  En cualquiera de los dos casos, argüía, habría más ataques Han, y como en Susquanna tenían una organización altamente desarrollada y fábricas con producción superior a la media, podría predecirse que el siguiente ataque sería contra ellos.
        Pero, de todas formas, nuestra preocupación más inmediata era contactar lo antes posible con otros fugitivos, así que seguimos nuestro camino pese a tener los músculos doloridos por los excesivos saltos del día anterior.
        Sólo llevábamos unas horas viajando cuando vimos un
cohete multicolor en el cielo, a unas diez millas de nosotros.
        -Vavamos a la izquierda, Tony -dijo Wilma- y esperemos el silbido.
        -¿Por qué? -pregunté.
        -¿Aún no te han enseñado el código de cohetes? -replicó-.  Eso es lo que significa el verde seguido del amarillo y el púrpura: concentrarnos a tres kilómetros al Este de la posición del cohete.  Ya sabes que la posición del cohete puede atraer una ráfaga de rayos des.
        No nos llevó mucho tiempo llegar a las proximidades del lugar, donde los árboles entrelazaban sus copas sobre un pequeño riachuelo.  El Gran jefe y los jefes de Ataque estaban muy ocupados reorganizando a los supervivientes.
       -Vosotros dos quedaos cerca de mí -dijo, añadiendo con gesto huraño:- Voy a volver ahora mismo al valle con cien hombres escogidos y os necesito.

Continuará...

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